25 de junio de 2011

Goya y los males de España

Francisco José de Goya y Lucientes, representa como pocos el “dolor de ser español” que luego describirán Unamuno y Ortega. Durante la guerra contra Napoleón, el absolutismo se adueña del sentimiento patriótico, pero Goya no acepta ser menos patriota por abrigar un pensamiento ilustrado y liberal. Está persuadido de que hay que dejar atrás la España feudal y llevar a cabo una profunda reforma de las estructuras sociales y políticas del país. Goya simpatiza con los principios liberales del régimen francés, pero se encuentra con la gran contrariedad de que su lucha, lejos de ser apoyada por el pueblo, se impone por un ejercito invasor extranjero. Como tantos otros, permanecerá en Madrid como afrancesado incluyendo en su trabajo, los encargos de la nueva Corte. Tras la guerra, y temeroso ante el inminente regreso de Fernando VII, decide retratar el heroísmo del pueblo de Madrid y los estragos realizados por los franceses. Nacerán así “La carga de los mamelucos” y “Los fusilamientos en la montaña del Príncipe Pío”.

Aislado por su sordera, amargado por el absolutismo y la desaparición de sus amigos asesinados o en el exilio, deja Madrid y se retira junto a su mujer y su hija a Carabanchel. Allí compondrá su “Duelo a Garrotazos” y otras “Pinturas Negras”, que describen el carácter siniestro de España. También realiza su serie de aguafuertes llamados “Los disparates; espejo de los pecados y estulticias del ser humano”. En 1824, hastiado del país en el que vive, exilia a Francia. En Burdeos le esperan sus amigos refugiados, con quienes compartirá los últimos cuatro años de su vida. El escepticismo de Goya hacia su patria no resultará equivocado: cuatro guerras civiles quedarán aún por declarar a los impositores de “la verdad”  frente a los partidarios de “la razón”.