12 de junio de 2011

Kant

Entre el idealismo y el empirismo, Kant añade una tercera vía, estableciendo un análisis entre la información que asimilamos: lo que recibimos por medio de los sentidos, y lo que nos viene dado: lo que aportamos nosotros como estructura. Según Kant, tenemos ya una organización mental, de nuestra capacidad de comprensión, que es alimentada por “lo que recibimos”, por los datos de nuestros sentidos, pero esos datos han de configurarse de acuerdo con las condiciones de nuestra manera de conocer. Es verdad que no conocemos nada sin que los sentidos nos proporcionen datos experimentales, pero según él, también es verdad que esos datos experimentales, son recibidos y se configuran de acuerdo con la propia organización de nuestra forma de conocer, (que no tiene por qué ser la única posible). Quizá nosotros no seamos capaces de conocer nunca la realidad en sí, pues la conocemos siempre a través de nuestros sentidos. “Conocimiento” es pues, según Kant, la mezcla entre lo que nos aportan los sentidos y lo que nos aporta nuestra estructura, nuestra capacidad de conocimiento.

Razón Pura

En la Crítica de la Razón Pura, Kant investiga si es posible y en qué manera, “el conocimiento” matemático, físico o metafísico. No debemos considerar el conocimiento desde sus objetos, sino inversamente; es decir, los respectivos objetos deben considerarse desde nuestra condición; desde nuestra capacidad para conocer. Kant llama a esta inversión, Giro Copernicano. Éste me permite darme cuenta de que los objetos no son realidades independientes de mí. La percepción de un objeto no es una recepción pasiva, sino una actividad. El objeto es constituido por el sujeto a partir de los datos de la intuición sensible, pero sólo en cuanto a objeto, no en cuanto a la cosa que sea en sí.

Kant distingue entre Fenómeno, la cosa en cuanto objeto para un sujeto, y Nómeno, la cosa considerada en sí misma, sin relación alguna con ningún sujeto. Sólo lo que es fenómeno puede ser objeto de conocimiento científico, pero la metafísica, el alma, el mundo o Dios, no son objetos de nuestra experiencia, puesto que no se apoyan en intuición sensible alguna. La metafísica pues, carece de cientificidad; supone un uso inadecuado de la razón e implica razonamientos sofísticos, pero las ideas metafísicas no surgen sin embargo arbitraria o caprichosamente sino que se originan en la estructura física de la razón, porque la razón tiende siempre a subordinar cada condición, a una condición más general y tiende así a establecer sintéticamente una condición incondicionada por horror al progreso y al infinito. Esta ilusión trascendental no cesa jamás pues es natural e inevitable. Nunca podremos así conocer los objetos de la metafísica, pero tampoco podremos dejar de preguntarnos acerca de ellos. La metafísica según Kant es imposible como ciencia, pero es ineludible como tendencia del hombre.

Práctica (moral)


Además de su teoría del conocimiento, Kant estudia la moral humana. Kant piensa que lo práctico y moral de cada uno de nosotros es la buena voluntad.  Si yo actúo con buena voluntad, sean cuales sean las consecuencias, nadie podrá reprocharme nada. ¿En qué se basa la buena voluntad moral? Toda voluntad está formada por imperativos. Constantemente están ordenándonos a lo largo de nuestra vida. Los hay por ejemplo condicionales: si yo quiero coger un avión temprano, debo levantarme temprano. Pero lo verdaderamente moral son los imperativos que no están condicionados por nada, salvo por nuestra condición humana: que cada uno de nosotros actué de acuerdo con una máxima que pueda desearse, y se convierta al mismo tiempo, en ley universal para todos. Es decir, si vamos a actuar de un determinado modo, podamos decir al mismo tiempo: ojalá todo el mundo  en estas mismas condiciones, actuase de la misma manera en que yo lo voy a hacer.

Así obtendremos que todos somos "fines", objetivos, y no instrumentos en manos de otros. Si cuando voy a hablar a alguien, digo la verdad, puedo decir: "deseo que todos los seres humanos en mis mismas condiciones digan la verdad". Si miento, no puedo convertir ese principio en ley universal, porque no deseo que me mientan a mi. El principio verdaderamente moral es aquel que podrá convertirse, en ley universal para todos los demás. Acabamos así siendo fines, y no herramientas en manos de otros.