3 de junio de 2011

La Inquisición

Cayetano Ripoll, soldado de guerra contra Napoleón, es hecho prisionero por los franceses conociendo allí las ideas de la ilustración. A su vuelta a España, el nuevo maestro de escuela, sospechoso de haberse podido "afrancesar", es arrestado por el arzobispo de Valencia y acusado por 13 testigos, sin permitirle la defensa. El 31 de julio de 1826, la Iglesia confisca todos sus bienes y lo condena a la “pena de horca y a ser quemado como hereje pertinaz y acabado”. Ripoll será el último ajusticiado por un tribunal eclesiástico.

Al hablar de la Inquisición española se genera en ocasiones un vacuo debate consistente en minimizar el número de personas ajusticiadas “en nombre de Dios”, como si de ello pudiera desprenderse una mayor “bondad” de la institución. Es importante comprender que las resultas de la Inquisición no deben contemplarse desde el número de personas ejecutadas, sino desde la instalación durante siglos de un régimen católico terrorista para con sus propios súbditos, y por un combate sin cuartel contra el acceso al conocimiento del hombre. Se trata de mantener al hombre esclavo, en la oscuridad y la ignorancia.

Ricardo García Cárcel estima que el total de ajusticiados por la Inquisición española desde su nacimiento en 1480, hasta su supresión en 1834, alcanza como mínimo y con seguridad, las 150.000 personas y las 5.000 ejecuciones. Más allá de las cifras, la esencia de la inquisición descansa en los miles de confiscados y ajusticiados denunciados anónimamente, desde la indefensión que produce una institución judicial arbitraria en nombre de Dios. No se ha de olvidar que la Inquisición imparte su justicia sólo entre los bautizados y ello obliga a dejar al margen, todos los actos contra los no católicos, o los éxodos de los 200.000 españoles (de fe judía) o 300.000 españoles (de fe islámica o moriscos), que fueron expulsados de su país por no pertenecer al catolicismo.