16 de julio de 2011

USA: el golpe de Estado neocón de 2000

Imaginemos un país que declara ganador de las elecciones al hijo de un ex presidente, pese a que los resultados confirman su derrota. Ello sucede porque los responsables de contar los votos y notificar el resultado, son el hermano del candidato y su jefa de campaña electoral. La oposición, que ha supervisado el proceso, y a la que le consta la victoria, denuncia y recurre al máximo órgano jurisdiccional, el Tribunal Supremo, pero éste se niega a recontar los votos, validando al falso ganador. Es lo que sucedió en EEUU en el 2000. Ese año, la elite política que creció a la sombra de George Bush padre, está dispuesta a recuperar el poder. Paul Wolfowitz, Dick Cheney (auténtico presidente en la sombra, durante las dos legislaturas de George W. Bush) y Donald Rumsfeld, lideran una oscura camarilla de “amigos para siempre” que representan los intereses armamentísticos, farmacéuticos y financieros, que han impulsado a fondo perdido, la campaña del "hijo del Presi" para instalarlo en el poder. Es hora de cobrarse con creces lo invertido.

El asalto neocón al poder

Tras aquellas elecciones, varias fotos con la sonrojante situación de un interventor, intentando averiguar si una papeleta otorgaba el voto a Bush o a Gore, alcanzarán trascendencia internacional. Se buscaba por parte de la maquinaria neocón, ocultar el golpe de Estado al pueblo americano y al resto del mundo. Mientras la humanidad contemplase una situación tan esperpéntica, la creencia popular, incluso desde el humor, quedaba muy próxima a la de un “desastre de recuento, pero siempre desde la buena fe”. Exactamente, el objetivo buscado.

Las elecciones las disputan el candidato demócrata Al Gore y el republicano neoconservador George W. Bush, hijo del ex presidente Bush. El relativo sistema electoral norteamericano convierte al Estado de Florida en árbitro decisivo del proceso electoral. Cuando por fin el recuento ofrece un resultado definitivo, las distintas  agrupaciones de interventores comunican los resultados. Éstos llegan a todas las grandes cadenas nacionales: CNN, NBC, y CBS confirman la victoria de Gore en Florida. Los demócratas, escrutinio en mano celebran la victoria al igual que lo hace el candidato Al Gore ante el delirio de los suyos, en calidad de "Presidente oficioso" agradeciendo al país y al Estado de Florida su confianza. Pero pasada la media noche, la FOX de Rupert Murdoch proclama vencedor a George W. Bush y todas las cadenas de TV del país, abandonan en bloque sus informes derivados del resultado del recuento real, para atenerse a una nueva consigna sin prueba alguna. El responsable de la FOX esa noche y quien ordena anunciar la victoria republicana es John Ellis, primo de George Bush y actual editor político del Business Insider’s. Ellis ha cumplido su parte del plan, pero más allá de adelantar la “nueva exclusiva”, queda por hacer lo más importante: cambiar el resultado electoral de los ciudadanos.

La "democracia" americana no entiende de incompatibilidades. El gobernador de Florida es Jeb Bush. El hermano de George, no sólo es la máxima autoridad del Estado, sino también la persona que va a supervisar el seguimiento del escrutinio electoral (sin anestesia). A la fiesta se suma una tercera invitada: la directora de campaña electoral de Bush, Katherine Harris, que es designada también por Jeb, como la  responsable del recuento de los votos en Florida (sin anestesia). A Katherine se le acumula la tarea esa noche; junto a las antidemocráticas peculiaridades que comporta el proceso electoral norteamericano, (ver: "Votar en EEUU" en Crónicas) Harris, (pese a ser la directora de la campaña electoral de Bush) no ha encontrado obstáculo alguno para pasarse los últimos 12 meses, modificando el censo de votantes de cara a imposibilitar el voto, a la máxima cantidad de personas sospechosas de no votar “republicano”. Ha hecho un buen trabajo; gracias al entramado administrativo puesto a su disposición (en manos de Jeb Bush)  ha conseguido anular el derecho al voto del 30% de los negros que lo ostentaron en las anteriores elecciones, pero incluso eliminando a un 30% de la comunidad negra, no ha logrado la victoria. Han fallado.

Harris había pagado cuatro millones de dólares a Database Technologies para repasar el censo del Estado y eliminar de él a cuantos ciudadanos pudieran. Había dado orden de que los criterios de exclusión del programa informático de Database, se aplicasen por analogía hasta en un 80%, pues luego ya se encargarán “los supervisores electorales de cada condado, de tomar una decisión sobre las irregularidades”. De un plumazo, 173.000 votantes son eliminados del censo a perpetuidad. El día de las elecciones, se niega el derecho al voto de miles de votantes que, indignados, esgrimen en la cola su credencial demostrando su derecho a poder votar. Gracias a la cláusula de exclusión del 80%, todos ellos coinciden en algún nombre, apellido o fecha de nacimiento, con presuntos malhechores. “Usted no puede votar”, se repite una y otra vez.

Durante el 7 de noviembre y los días siguientes, se suceden las manifestaciones y altercados por las calles de Florida, exigiendo votar. Ningún medio de relevancia en EEUU se hace eco de las protestas y mucho menos llegan éstas a los telediarios europeos. El robo es tal, que entre aquellos a los que se niega su derecho, se encuentran personas con responsabilidad pública y política; entre ellas la supervisora electoral de Madison County, Linda Howell. Tanto ella como otros funcionarios exigirán una rectificación inmediata al Estado, pero todas sus denuncias serán en vano. El voto por correo también cuenta; cerrados ya los colegios y durante todo el día siguiente a las elecciones, militares adscritos al partido republicano, reciben una consigna de Harris como directora de Campaña de Bush (y responsable del recuento en Florida): enviar correos electrónicos en masa a las bases militares en el extranjero, reclamando votos de donde sea. En 12 horas, marines de todo el mundo responden con varios miles de votos. Harris por su parte, envía otra circular insólita a todas las oficinas electorales, aclarando que “no es indispensable que las papeletas por correo estén mataselladas en fecha no posterior al día de las elecciones”, o lo que es lo mismo: "os van a llegar miles de votos por correo fuera de plazo, que deben admitirse como válidos". Pero ni siquiera esos votos (añadidos al censo irregularmente) podrán modificar nada.

Electoral, legislativo y judicial

El destino quiere que todos los esfuerzos republicanos sean vanos. Gore se ha impuesto y el asalto neocón ha fracasado. Lo único que no pueden hacer, Katherine, Jeb y toda su maquinaria es “evaporar los votos demócratas existentes”, de manera que una vez anunciado a Bush como vencedor, hay que evitar el recuento como sea. En las oficinas electorales se conserva el escrutinio real, con arreglo a los resultados físicos y palpables de las papeletas, pero oficialmente la FOX, (el resto de medios que deciden no cuestionar su veracidad), la responsable del recuento en Florida (la jefa de campaña de Bush), el director de la jornada electoral y máxima autoridad del Estado (Jeb Bush) y todo el rodillo mediático neocón, han anunciado al mundo, sin pruebas, la victoria de Bush sobre Gore por 537 votos de diferencia.

El paso siguiente es evitar que el resultado, impugnado y denunciado por la oficina demócrata vuelva a “recontarse”. Tras semanas de titulares y sentencias increíbles en un Estado democrático, los neocón logran evitar el recuento general, pero no consiguen anularlo por entero, respecto a determinadas partidas de votos, impugnadas "in situ" la misma noche electoral, antes de notificarse los falsos resultados. No hay más remedio que repasar esas mesas. Es 9 de diciembre de 2000 y la mañana está resultando frenética: la supuesta ventaja (anunciada por Harris y Jeb Bush la noche electoral) de 537 votos en favor de George Bush (que el Tribunal ha dado por buena sin querer contar) desaparece centena a centena en cada nueva revisión. Un locutor emocionado exclama a las dos de la tarde: “¡ya sólo 66 votos por debajo y avanzando!”. Llegan las nuevas partidas de recuento, pero antes de entregarse las actualizaciones, a las 14.45 horas, el Tribunal Supremo de los EEUU, ordena (sin anestesia) detenerlo, suspenderlo, y adjudicar la victoria a George W. Bush, por "la incertidumbre y el desgaste generado durante las últimas semanas".

Entre los nueve magistrados, William Rehnquist, hombre de Nixon y Sandra O’Connor, nombrada por Ronald Reagan, se despiden de la carrera y buscan asegurarse un buen retiro. Clarence Thomas, cuya esposa trabaja para la poderosa Heritage Foundation neocón o Eugene Scalia, hijo de Antonin Scalia, abogado y amigo personal de Bush padre. Pero la política con mayúsculas y los millonarios sobornos neocón no correrán sólo por los pasillos del Supremo. El día del pleno parlamentario (con la Cámara de Representantes y el Senado en sesión conjunta), se hace necesario impugnar las elecciones o caso contrario, debe proclamarse presidente a George W. Bush. Basta el refrendo de un solo senador, que apoye las decenas de denuncias que presentaron los congresistas demócratas. Ninguna encontrará respaldo. Ni un solo senador demócrata apoyará las numerosas denuncias de sus compañeros  de partido en la Cámara de representantes, lo que hubiera asegurado la repetición de las elecciones en Florida. Una tras otra iban presentándose y rechazándose, ante las miradas impagables (y agradecidas) de los escaños demócratas.

El documental "Inside Job" relata cómo el sector financiero norteamericano dispone de 3.000 lobbies en EEUU. Más de 5 por cada miembro del Congreso. El reportaje detalla cómo entre 1998 y 2008, (periodo que cubre la candidatura, proclamación, legislaturas y despedida de Bush), la industria financiera se gastó (que se sepa) más de 5.000 millones de dólares sólo en sobornos personales. Gore tampoco tardó en legitimar el Golpe: “si bien, estoy en desacuerdo con la decisión del Tribunal Supremo, la acepto”. Todos los archivos informáticos donde constaron los datos de la jornada electoral fueron borrados. George W. Bush era nombrado presidente, y los neocón se aseguraban por fin su acceso al poder.