1 de agosto de 2011

Más allá de la razón

La cadena Tele 5 agasaja a su distinguida audiencia con una nueva apuesta: “Mas allá de la vida”. Como si de la película Ghost se tratara, una médium de entrañable apariencia comunica en primicia al famoso de turno, las últimas novedades respecto de algún ser querido ya fallecido. Sólo una democracia sin bachillerato es capaz de tolerar la emisión de un espectáculo semejante. Pero ni siquiera aquellos que fingen otorgarle credibilidad, lo hacen de verdad: la milagrera vuelve a casa sin colas en su puerta; no hay tumultos, delirios, ni ansias por contactar de nuevo con el ser querido. Quien ha llorado con ella en el plató bajo talonario, no buscará un nuevo contacto con su ser querido. Todo se reduce al capricho de una tarde; a un momento de ocio en el festival del más allá.

La súbita irrupción metafísica de la médium es siempre bien acogida por los "ausentes". Hasta ahora, ninguna de las almas le ha reprochado la intromisión de su privacidad. Está por ver si la vidente es capaz de comunicarse con éxito respecto a algún ser querido carente de fe y si sus allegados no creyentes, admiten someterse a semejante impostura. ¿Sería capaz dicha médium de contactar con un ateo virtuoso? No por desgracia. El contacto sólo se crea en la medida en que los vivos, creyentes en vida, aceptan someterse a la función, representarla, legitimar el esperpento. Sin duda una entrevista a regañadientes con un escéptico de las religiones incrementaría los índices de audiencia; qué decir si alguno de ellos nos resolviera el eterno debate respecto a la identidad del Dios verdadero o nos revelara que todos terminamos transformados en materia atómica. ¿Por qué no aclarar qué confesión es la auténtica; en qué ocupamos 24 horas de eternidad; a qué queda reducida nuestra trascendencia?

Tantas fascinantes respuestas quedarían por fin resueltas; el share se contaría por millones; filósofos y teólogos de todo el mundo anhelarían preguntar y participar. Lejos de todo ello, lo poco que sacamos en limpio de la médium no tiene desperdicio: el fallecido en cuestión recuerda nuestros cumpleaños de adolescencia, alude a aquella medalla del ajuar casero perteneciente a la abuela o añora el sabor de aquellas croquetas caseras, que ya no puede degustar. Todo sin anestesia. Nadie muestra sonrojo; nadie advierte el bochorno. Se trata de seguir siendo, de ahuyentar lo que Unamuno denomina el sentimiento trágico de la vida. En el fondo, lo mismo da el tarot, las líneas 906, las caras de Belmez, el ovni o la gnóstica de Tele 5. ¡Dónde quedan aquellas Mamachichos que revestían a España de toda su grandeza!...