14 de septiembre de 2011

El Toro de la Vega

Una moderna secuela de la película "King Kong" nos mostraba a los convecinos del gran mono en pleno trance místico, mientras ofrendaban en sacrificio un "pintxo de rubia" a la bestia totémica. El martirio del "Toro de la Vega"  encierra también una cierta liturgia de la superstición y de lo arcano. Tordesillas invita a recordar a Juana la loca, allí recluida durante sus últimos 35 años de vida, a su padre Fernando, a la resistencia comunera contra Flandes y Carlos V, pero todo ello, acaso interesa poco al español. En esta ocasión se trata de dar caza al Tótem ibérico para sacrificarlo con lanzas. Cual "camisas pardas" los valerosos muchachos de la aldea desafían a cualquiera que pretenda cuestionar el ancestral sacrificio. Un día al año los medios se congregan en Tordesillas para dar cuenta de un "oscuro festejo"“No os queremos aquí”  espetan a los periodistas, saboreando con cierto orgullo sus desplantes a los reporteros. 

Ya salen los lanceros a caballo, una exaltada infantería los escolta, las mujeres despiden a sus héroes desde las ventanas. Es la Marcha de los Voluntarios hacia un desconocido frente donde cámaras ocultas buscan no perderse el sacrificio. Hoy son ellos los protagonistas. No es "la celebración"sino Tordesillas lo que está en juego. No es "El Toro" sino el pueblo. Si una ley regional decretara trasladar el ancestral martirio a cualquier localidad vecina, el estallido civil resultaría de igual proporción que suprimiendo el "Show celtibérico". Más allá del bochornoso espectáculo, el inconsciente de Tordesillas aspira a ser, a trascender, a invertir una cosmogonía que la condena a un permanente segundo plano. Para los partidarios de la matanza, prohibir "El Toro" es negar a su pueblo, condenar su "querer ser", recluir a sus habitantes a una irrelevante existencia.  El Toro muere para que Tordesillas viva. Todo un alarde.