2 de septiembre de 2011

Envidia y Felicidad

(Russell)

"La persona envidiosa no sólo quiere hacer daño y lo hace siempre que puede con impunidad, sino que ella misma es desgraciada a causa de la envidia. En vez de gozar de lo que tiene, sufre de lo que tienen los demás. La envidia está relacionada con la competencia. No se nos ocurre envidiar la fortuna que no se halla a nuestro alcance. Las clases bajas no envidian a las altas, pues la división entre pobres y ricos ha sido dispuesta por Dios. Los mendigos no envidian a los millonarios, aunque envidien naturalmente a otros mendigos con más éxito. ¿Por qué una propaganda tiene más éxito cuando predica el odio que cuando intenta producir sentimientos de amistad? La razón es que el corazón humano, tal y como lo ha formado la civilización moderna, está más inclinado al odio que a la amistad. Y está más inclinado al odio porque está insatisfecho; siente que ha perdido en cierto modo el sentido de la vida, que quizás otros que no somos nosotros, se han apropiado de las cosas buenas que la naturaleza produce para el placer del hombre.

En el zoológico se puede observar en los ojos de los monos, una extraña tristeza. Uno llega a imaginar que los monos quisieran ser hombres, pero no pudieron descubrir el secreto para conseguirlo. En el secreto evolutivo perdieron el camino; sus parientes siguieron adelante y los dejaron atrás. Parece que algo de esta tensión y esta angustia ha penetrado en el alma del hombre civilizado. Sabe que hay algo mejor que él mismo, casi al alcance de su mano, pero no sabe cómo ni dónde ir a buscarlo. Desesperado se lanza contra hombres, compañeros suyos, que están igualmente descarriados y son igualmente infelices.

La envidia, pues, deplorable como es y terrible en sus efectos, no es todo el mal. Es, en parte, la expresión de un dolor heroico; el dolor de quienes caminan en la noche a ciegas, quizá hacia un lugar de reposo placentero, tal vez hacia la muerte y la destrucción. Para encontrar el buen camino fuera de esta desesperación, el hombre debe ensanchar su corazón, como ha ensanchado su cerebro. Debe aprender a trascender de sí mismo, y al hacerlo, a adquirir y hacer suya la libertad del universo. El hombre feliz, es quien se siente ciudadano del universo y goza libremente del espectáculo que éste le ofrece y las alegrías que le brinda; impávido ante la muerte, porque no se cree separado de los que vienen en pos de él. En esta unión profunda e instintiva, con la corriente de la vida, se halla la dicha verdadera".

  • Bertrand Russell. La Conquista de la Felicidad