24 de septiembre de 2011

Juana, la Reina comunera

A la muerte de Isabel la católica, los Grandes castellanos temen perder su poder en detrimento del viraje que supone la perspectiva aragonesista que se avecina: la regencia de su marido, Fernando de Aragón. La cuestión está en conservar el poder, coronando a Felipe "el hermoso", marido de Juana [en contra de la voluntad en testamento de Isabel, de la propia Juana como nueva soberana de Castilla, y lógicamente de su padre Fernando, rey de Aragón y ahora presumible regente de Castilla]. Al entregar el trono a Felipe el Hermoso, los Grandes comprueban que el flamenco deriva todo el cuadro de poder hacia el organigrama de Flandes, sin tenerles en cuenta. Al comprobar que el intento de "castellanizar" al hermoso no sale como es deseable, y una vez asegurada la expulsión de Fernando, Felipe es envenenado (1). 

De la mano de Cisneros, Castilla apelará nuevamente a Fernando, con la idea de buscar una regencia vigilada, pero con la muerte del rey aragonés -y con Juana ya recluída-, todo el poder termina en manos del sector castellano con Cisneros gobernando "en nombre de Flandes", hasta que su muerte da paso a la total apropiación flamenca de Castilla de la mano de Carlos V, hijo de Juana y de Felipe. La rebelión comunera para salvar la esquilmación y el saqueo de Castilla será aplastada por los flamencos y la nobleza española vendida al servicio de Flandes contra su pueblo. 


"No me parece conveniente que mi reino sea gobernado por flamencos"
Juana a sus nobles traidores

Resulta muy significativo que un personaje tan fascinante como el de Juana, descanse enterrado bajo el manto de su recurrente "locura". Isabel de Castilla [la católica] muere correspondiendo a su marido Fernando de Aragón una presumible regencia sobre este reino y por tanto, la hegemonía penínsular. Juana, sucesora de los derechos dinásticos de su madre, desea [conservando la titularidad de Castilla, que posee hasta su muerte], entregar el gobierno a su padre Fernando. Por un lado desea cumplir la voluntad de su madre en testamento; por otro, considera a Fernando el único adecuado para "regentar" Castilla, [además de que éste reine como soberano en Aragón]. Pero con su fidelidad hacia su padre, Juana está combatiendo el golpe de timón castellano que prefiere romper la alianza confederal entre Castilla y Aragón [instaurando a un extranjero, Felipe de Habsburgo, marido de Juana] antes que consentir que sea un no castellano, Fernando, quien gobierne.

En Castilla se obedece a Juana, sólo si ésta reniega de Fernando. Los Grandes castellanos no desean que sea el aragonés quien ostente el poder. Muerta Isabel, se despoja a Fernando del trono [de su papel de regente]. El rey es expulsado de Castilla [custodiado por el duque de Alba], con lo que la alianza entre los dos reinos llega a su fin y Aragón pasa a aliarse con Francia y Luis XII. Juana interesaba "loca" a todos. Por voluntad de Isabel, Castilla estaba obligada a entregar la regencia a Fernando en los posibles episodios de incapacidad de su hija, y en Flandes tampoco hubieran podido hacerse con el reino, pues Carlos V [como hijo de Juana y Felipe] no tuvo más remedio que jurar y aceptar la titularidad preferente de su madre. Pero si Juana era declaraba incapacitada total, nada de ello ocurriría. 

No es posible entender la guerra comunera sin advertir el carácter de un Carlos V extranjero, nacido en Flandes, educado allí según los intereses que su padre representa. Posteriormente, el hijo de éste, Felipe II, será el primer Austria que se sienta español, si bien ello tampoco cambiará la política instaurada por su padre. Lejos de lo que se quiere hacer creer, Castilla representará la fuente de ingresos que sostuvo a "Carlos V de Alemania", no a "Carlos I de España". La guerra comunera discutirá la apropiación flamenca de todas la riquezas de Indias que a partir de entonces llegaban a Castilla como mera escala portuaria para partir de inmediato rumbo a Flandes.  La esquilmación flamenca, conducirá a la rebelión de un pueblo extenuado que busca proclamar a Juana ante la usurpación del trono por parte de su hijo recién llegado de Flandes, pero los grandes, [la aristocracia castellana con poder militar], lejos de combatir la invasión extranjera, darán la espalda a la revolución burguesa y a su pueblo, buscando medrar en el organigrama de poder germánico.

Justificar la reclusión de Juana debido a su estado mental no soporta un juicio honesto cuando antes y después, Castilla legitima a reyes de nula solvencia que son siempre tutelados. Aún está por llegar la calamidad de los Austrias menores o los primeros Borbones. Por otro lado, la monarquía en ese tiempo es respetada o es muerta, pero jamás se ha visto una figura real, no despojada de sus derechos y al mismo tiempo humillada de por vida. Los tremendos arrebatos de Juana, celosos y maniáticos, no son ninguna leyenda pero sus contemporáneos retratan su locura según los intereses políticos cambiantes. De reinar, Juana hubiera resultado [al igual que lo fue su madre] una reina emocionalmente inestable en su esfera privada, pero apta sin lugar a dudas para asumir decisiones políticas junto a sus consejeros. No resulta nada arriesgado sostener que sin la lealtad de Juana hacia su padre y por tanto, hacia la perspectiva aragonesa, los grandes castellanos no hubieran encontrado objeción alguna en promover su acceso al trono, como hicieron con su madre Isabel.

A lo largo de su vida, la más humana de las reinas sufrirá en persona la crueldad y humillación más palmarias, recobrando siempre su dignidad en publico en cuanto los intereses la reconocen fugazmente. Hasta su reclusión final conservó en todo momento su dignidad real. No sólo firmaba decretos, lo que implica fe pública y sano juicio, sino que éstos se acataban siempre que no chocasen contra los intereses golpistas. Es cierto también que a partir de su reclusión, su estado se tornará nulo y muy deficiente, pero no estamos tratando aquí los siguientes treinta años. Juana enloquecerá sola, recluida y humillada, pero en funciones se mostrará siempre digna, incluso brillante, percibiendo la realidad con una sagacidad asombrosa. Todos aquellos que la juzgaron, incluso los que le fueron adversos, coincidieron en que no estaba falta de entendimiento, dando pruebas de un juicio penetrante, combinado incluso con ingenio y sentido de la ironía. Bajo su régimen, la riqueza de Castilla, no hubiera ido a parar a manos extranjeras.

A día de hoy, se continúa difundiendo una versión popular que no hace justicia a Juana de Castilla. Amor y locura siguen desvirtuando el golpe de timón histórico que sacrifica la gestación de una soberanía común entre reinos, [entregada a una dinastía extranjera] con el único fin de evitar la tutela aragonesa sobre la recién surgida nueva confederación. En 2001, la película Juana la Loca dirigida por Vicente Aranda, ganadora de 3 premios Goya y producida con la colaboración de TVE y el Ministerio de Cultura nos presentó una lamentable revisión de Juana desde el tópico comercial y en la que nada se corresponde con la realidad desde un mínimo rigor histórico. El contenido pedagógico de este capítulo tan ilustrativo para España en su concepción y gestación como país, se ve recurrentemente tamizado por la locura de la reina, desde un prisma sospechosamente castellano, sin desear profundizar más allá. El efímero reinado de su esposo Felipe, envenenado (1) una vez expulsado Fernando de Castilla, y el no reconocimiento oficial que sufre Juana en su calidad de reina, hacen el resto. La leyenda de Juana la loca continúa.

(1) La versión oficial "castellana" es que el rey muere "por haber abusado de beber agua fría...". Tras una agonía de seís días, el "agua castellana" termina por hacer su efecto. El obispo de Besançon, mano derecha de Felipe, también será envenenado antes que él en Toledo.

- Bibliografía recomendable: Juana la loca / Michael Prawdin