22 de octubre de 2011

Muamar el Gadafi

Pobre Muamar. Hace apenas un año elogiado por rojos y azules. Todo eran virtudes. Lo mismo daba un periódico que otro; un no parar. Daba gloria verlo con sus chicas, su jaima y sus túnicas. Sus estelares apariciones empezaban a ser tratadas junto a los suplementos de verano, las visitas de los famosos o los conciertos estivales. Ya no estaba claro si quien llegaba era Gadafi o Lenny Kravitz con toda su banda. Todo un espectáculo que llega a su fin.

Muamar el Gadafi, crápula panarábico y antiimperialista, evidenciaba en los años 80 una arrogancia impropia contra el imperio. A fin de templar sus modales, EEUU le misileó la sala de estar y no quedaron ni las alfombras. Alá quiso que en aquel bombardeo cayera toda su Guardia de Corps en pleno menos él. Desde entonces, comenzó a comportarse como un razonable hombre de negocios y en los últimos tiempos hasta ejercía de aliado occidental contra Al Qaeda, apoyado por la CIA.

Pero en enero las poblaciones árabes comienzan a rebelarse. Es el comienzo de la indignación global y las piezas del dominó van cayendo: Mubarack en Egipto, Ben Ali en Túnez. Si los dictadores impuestos o tolerados por occidente desaparecen, se hace preciso manejarnos cuanto antes en aguas revueltas, a fin de colocar a gente que sepa garantizar los compromisos adquiridos. Se trata de no vernos sorprendidos por líderes imprevistos que puedan arrojar cierta incertidumbre. Nuestros nuevos aliados serán los ex colaboradores de Gadafi y otros miembros hasta ahora de segunda fila. A fin de cuentas, sustituir al presi por conocidos delfines no queda muy prooccidental. Se trata de propiciar el cambio para que todo siga igual.

Apoyados por la OTAN, a los libios proGadafi les falta tiempo para apuntarse al nuevo carro ganador. Más dinero, más armas y más de todo. Al grito de Alá es grande, las exaltadas hordas estrechan el cerco al sátrapa para reventarle la sien en directo y lucir su cadaver en una carnicería cercana. En trance, gritan a cámara mientras se graban con sus móviles y el telediario nos dice que el pueblo libio ha conquistado su libertad. Debió acabar indignado Gadafi con nuestros políticos. Quién sabe si acabó diciéndose "Y esos se decían mis amigos; menuda gentuza".