1 de enero de 2014

Unamuno

Diversos homenajes recordaron el 31 de diciembre a Miguel de Unamuno en el 77 aniversario de su muerte.

Profesor, escritor y filósofo, Unamuno es ya un intelectual respetado en el mundo entero. Durante el primer gobierno de la República, la violencia anticlerical de los más exaltados termina por hacer mella en su compromiso constitucional. Unamuno se pronuncia en un primer momento en favor del alzamiento, pero imagina un golpe de timón republicano capaz de serenizar y fortalecer al país. 

Han pasado sólo cuatro meses. Tiempo más que suficiente para comprobar con espanto lo que está sucediendo. El 12 de octubre, “día de la raza” tiene lugar un acto ceremonial en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca. La audiencia está integrada por notables del Movimiento y la Falange. En el estrado, Carmen Polo, esposa de Franco, el cardenal Pla y Deniel, Millán Astray [que llega acompañado de sus legionarios] y Unamuno.

Se escuchan discursos de varios ponentes para acabar apelando al fascismo y arremetiendo con odio sobre los regionalismos. Alguien lanza el grito legionario de “¡Viva la muerte!” mientras Millán Astray, un verdadero espectro de guerra, manco, tuerto y cubierto de cicatrices, responde con "Vivas". El Paraninfo universitario ha quedado convertido en una ventana de odio tribal y africano. Es el turno de Unamuno. El profesor se dispone a tomar la palabra. En un instante, el alboroto desaparece y todos aguardan:





“Estáis esperando mis palabras. Me conocéis bien y sabéis que soy incapaz de permanecer en silencio. A veces, quedarse callado equivale a mentir. Porque el silencio puede ser interpretado como aquiescencia. Quiero hacer algunos comentarios al discurso, por llamarlo de algún modo, del profesor Maldonado. Dejaré de lado la ofensa personal que supone su repentina explosión contra vascos y catalanes. Yo mismo, como sabéis, nací en Bilbao. El obispo, lo quiera o no lo quiera, es catalán, nacido en Barcelona.

Pero ahora acabo de oír el necrófilo e insensato grito: “¡Viva la muerte!”. Y yo, que he pasado mi vida componiendo paradojas que excitaban la ira de algunos que no las comprendían, he de deciros, como experto en la materia, que esta ridícula paradoja me parece repelente. El general Millán Astray es un invalido. No es preciso que digamos esto con un tono más bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero desgraciadamente, en España hay actualmente demasiados mutilados. Y, si Dios no nos ayuda, pronto habrá muchísimos más. Me atormenta pensar que el general Millán Astray pudiera dictar las normas de la psicología de la masa. Un mutilado que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, es de esperar que encuentre un terrible alivio viendo cómo se multiplican los mutilados a su alrededor".

Millán Astray no puede reprimir su ira por más tiempo y le desafía gritando: “¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte!”. Falangistas y militares echan mano a sus pistolas y el escolta de Astray apunta con su fusil a la cabeza del pensador. Unamuno no se arredra y en tono firme prosigue su intervención: "Este es el templo de la inteligencia y yo soy su sumo sacerdote. Estáis profanando su sagrado recinto. Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir. Y para persuadir necesitaríais algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España. He dicho”. 

Se dijo que la presencia de Carmen Polo a su lado, lo salvó de morir ahí mismo. Sea como fuere, aquel 12 de octubre Unamuno logró salir de la universidad, siendo destituido como rector y confinado a partir de entonces en su domicilio de donde ya no saldría muriendo el día de fin de año, tachado de rojo y traidor. La publicística franquista no cejó sin embargo de difundir declaraciones suyas en favor de la causa nacional hasta su fallecimiento.

  • Relato de la Universidad Salamanca desde: "La Guerra Civil Española / Antony Beevor"