15 de octubre de 2011

Lluís Companys

"Guanyarem perque tenim la raó"
Lluís Companys

Amanece el 15 de octubre de 1940. Lluís Companys está a punto de ser fusilado en las murallas del castillo de Montjuïc. Cuatro años y medio antes, con el triunfo del Frente Popular en las elecciones de 1936, se cierran dos años de Bienio Negro. La CEDA de Gil Robles y los "radicales" de Lerroux deben abandonar el gobierno. Como es sabido no admiten la derrota, pero hasta estallar la sublevación fascista, no hay más remedio que dejar en libertad a toda la izquierda hecha presa tras los acontecimientos de Octubre de 1934. Companys, sentenciado junto a su gabinete de conseillers a 30 años de reclusión, se dispone a volver a Cataluña. Al igual que ellos, dirigentes de todo el país son liberados y regresan a sus casas.

El Consell de Govern regresa en trayecto triunfal. Allí donde para el convoy la muchedumbre saluda enardecida, asalta los vagones, estruja a los viajeros. En un apeadero de la provincia de Guadalajara, un aldeano alcarreño grita un “¡Viva Gassol!” que los catalanes escuchan a bordo con un nudo en la garganta. No han olvidado que otra España persigue caminar unida desde el respeto y el abrazo fraternal entre los pueblos. Aquella que Cataluña siempre ha reconocido. Por fin se apean en Castelldefels para subirse a los coches que los conducen hasta Barcelona. Companys sufre. Ha enfermado en la cárcel y cubre su boca con un pañuelo, pero ya nada impide que la alegría se desborde. La llegada a Barcelona es indescriptible. Ondean banderas, sombreros al aire, bandadas de palomas, lluvia de flores. Es el delirio. “Visca Companys! ¡Visca Catalunya!”.


Companys llega a Barcelona. La comitiva se dirige a Sant Jaume.

  
La palabra de Companys, sencilla y cálida, se adueñaba del corazón y de las gentes. Desprendía el afecto de los hombres buenos, aquellos que persiguen el entendimiento, la concordia, el mutuo respeto, la convivencia. Lo mismo transmitía las virtudes de un ardoroso propagandista, que el compromiso de su absoluta integridad. 

Para Companys, por encima de la ideología estaba la persona. Por encima de la identidad, Cataluña hacía suyos los valores que de ella reclamaba. Companys lucha contra el fascismo porque por encima de todo ama al hombre y persigue la consecución de unos postulados universales; la dignidad del genero humano más allá de cualquier otro ideal. Como describe en "Vida y sacrificio de Companys" su buen amigo y rival político, Ángel Ossorio y Gallardo (de quien nos hemos ayudado aquí para rescatar su entrada en Barcelona) Iluminado por una comprensión universal, era de aquellos espíritus selectos que hubiera recorrido la tierra vertiendo los tesoros de su inteligencia, abierto a todas las ideas. Podía amar a todo el mundo; lo que no podía era aborrecer a nadie, ni aún a sus mayores enemigos.

¿Catalanista? Por supuesto. Sólo desde una sociología absolutista ser catalanista podía significar una amenaza. Sólo para un integrista católico ser catalanista suponía la sospecha de una potencial herejía contra la VerdadLa aversión a "los catalanes" nace ya en el XVI, debido a la desconfianza católica por la potencial amenaza que puede significar la introducción de ideas heréticas en la península, por parte de una corona de Aragón de vocación dialéctica, sociable, tolerante, comercial, abierta a las gentes y lo que es peor, a Europa. Frente al histórico inmovilismo hispánico contra cualquier indicio reformista o protestante, emerge una sociedad que induce al recelo y a la sospecha, y que mira sin miedo al exterior y al mediterráneo. Con la instauración del absolutimo borbónico en 1714 (frente a los herejes partidarios de satanás y de un pactismo dinástico al que de nada le vale proclamarse católico), y el regreso de Fernando VII en 1814, el pueblo más relativista de la península seguirá encarnándose en el sempiterno prejuicio secular del tradicionalismo y el Antiguo Régimen.

Frente a la herencia oscura, teocrática y absolutista que distingue a los carlistas vascos o castellanos, y define sociológicamente sus nacionalismos, Cataluña abandonará sus reivindicaciones feudales para erigirse en el máximo exponente de un federalismo liberal, moderno, ilustrado, constitucional y republicano. Se trata de otra manera de entender al hombre y la sociedad; de otra manera de entender "España". Para un catalanista como Companys, no es la identidad la que otorga los valores, sino los valores los que revisten y fundamentan la identidad catalana. Companys lucha por la libertad, la ilustración o la laicidad. Lucha por una Cataluña que ha sabido hacer suyos dichos principios y por el asentamiento de éstos, también en el resto del Estado. No resulta ninguna ligereza afirmar que esta identidad sustentada en valores, es un privilegio aún por descubrir, desde el plano sociológico, en los confesionales y unidireccionales nacionalismos vasco y castellano.

Los fascistas vencen al gobierno legítimo y la espantosa guerra concluye. O eso se creía. Ha pasado más de un año y la limpieza y depuración del país siguen su curso como si la confrontación continuara. No habrá margen ni para ex Presidentes del Gobierno de Cataluña y ex Ministros del Gobierno español como Lluís Companys, que es hecho prisionero por los nazis y entregado a Franco, que no duda en fusilarlo. Companys fue el único presidente de un gobierno democrático ejecutado por el fascismo. Ni siquiera a un loco como Hitler se le ocurrió algo así. La libertad catalana evocada por Companys fue siempre y al mismo tiempo, la libertad que quiso para España y por ende, para el hombre.