12 de octubre de 2011

Revisionistas

"El historiador contextualiza desde una óptica teñida por juicios de valor que tienen que ver con su teoría de la historia y su propia ideología (...) Es literalmente imposible encontrar a uno que no se acerque a la evidencia empírica relevante desde la atalaya de su teoría básica sobre el pasado. (..) Hay historiadores que se dicen insensibles a la ideología. Al hacerlo pretenden convencer a sus lectores de que harán un excelente negocio comprando un euro a 1,50. Todo historiador se decanta hacia una u otra posición desde las de la extrema izquierda, izquierda, centro, derecha, o extrema derecha (el lector estimará los atributos de cada una según estime procedente). Casi nada de ello es un inconveniente con tal de que no se falsifique la evidencia ni se ignoren los avances en la investigación.

Con el fin de facilitar a sus lectores el acceso al conocimiento tranquilizador, los mistificadores (...) simplifican al máximo. Las sedicentes verdades eternas, mitos en realidad, subsisten mejor si se exponen y repiten ad nauseam en lenguaje y forma asequible para todo el mundo. Si la exposición va cargada de improperios ad personam, mejor. No hay que preocuparse demasiado por falsificar, distorsionar o tergiversar fuentes. Lo que importa son "hechos" presentables como irrefutables e incontrovertibles. Que tengan algo que ver con la realidad pasada no importa lo más mínimo. Es muy importante refritar y autorrefritar. Sus lectores necesitan no ya una ducha escocesa sino un potente chorro continuo que les envuelva con la acción modeladora de la gran máxima goebbelsiana: una mentira repetida indefinidamente termina haciéndose verdad. V.g. el nefando "asesinato" de Calvo Sotelo como desencadenante de la sublevación militar.

Lo significativo es que mistificadores de tal porte, consideran a los lectores o historiadores españoles y extranjeros, como si fueran idiotas (...) pero al final, la advertencia del viejo Rashi, el gran comentarista de la Biblia y del Talmud del siglo XI, se cumple indefectiblemente:

Desnudo llega el hombre a este mundo
Y desnudo lo deja.
Después de todas sus penas nada se lleva consigo,
Salvo las obras que deje tras de sí.

¿Quién acude hoy como referencias historiográficas a la amplia panoplia de autores que vendieron tanta pornografía histórica y tanto medraron bajo el franquismo? (...) En el futuro, historiadores quizá todavía no nacidos mirarán nuestro pasado y nuestro presente con ojos de entomólogos y diseccionarán, ya quemadas en la hoguera del tiempo, pasiones e ideologías. Esta posición moral, ética y epistemológica está en las antípodas de la de los mistificadores. No extrañará que el intercambio con ellos sea imposible. En mi opinión, ni siquiera es deseable, excepto para denunciar las patrañas de los más ilustrados de entre ellos. El lector habrá observado que en esta obra no se ha hecho la menor alusión a los últimos engendros que ya han empezado a aparecer en el mercado de cara al LXXV aniversario. Los historiadores genuinos y los españoles a quienes no les guste comer la sopa boba juzgarán a unos y a otros y calificarán la evidencia primaria relevante que aportan o que, con bastante frecuencia desde el neofranquismo, NO aportan".

Ángel Viñas.




En su último libro "La conspiración del general Franco", Ángel Viñas señala con nombres y apellidos a ciertos revisionistas franquistas españoles en mente de todos. Para sorpresa de quienes aguardaban la fulgurante reacción, no ha habido lugar para el escándalo, la afrenta, el agravio o el contraataque. La descalificación a discreción de las huestes fundamentalistas ha brillado por su ausencia, más allá de alguna suave embestida para salvar las apariencias. Descubrimos así cómo algunas firmas, sabiendo que desfiguran el pasado, se conforman con que su mensaje llegue a quienes no se preocupan por contrastar; aquellos que buscan más "regalar sus oidos" que una aproximación histórica desde la honestidad.

Los historiadores rigurosos que llevan décadas de profunda y documentada labor, dedicados a desentrañar la historia, no son pues confrontados, como lo son las figuras del presente, o lo es la historia en sí. Diríase que ciertas firmas, conscientes de que un juicio público, comparado y global de la catedra, los dejaría en evidencia, saben que su ámbito de actuación radica en alimentar la impostura entre aquellos que la buscan. En realidad, el público al que se dirigen no sólo no cuestiona la solvencia de sus "estudios"; éstos son a la vez los únicos que desean.