14 de diciembre de 2011

Unamuno y Cataluña

La expresión “catalanizar España” fue pronunciada en tiempos de la Segunda República por Miguel de Unamuno. El pensador vasco siempre aspiró a una regeneración política y sociológica del país. Inicialmente partidario de un alzamiento incruento, consensuado, republicano, Unamuno se desvinculó del horror antes de morir confinado en su casa, recluido por el régimen y a merced de la publicística franquista.

Mi querido amigo, Cataluña ha de acabar por separarse”, escribía Unamuno en las cartas que él y otros intelectuales entablaron con el presidente de la Segunda República, Manuel Azaña. Unamuno hablaba de catalanizar España; de no ser posible, la consecuencia final histórica sería la pérdida de Cataluña. Como a otros intelectuales, al pensador le duele España y su perspectiva absolutista de uniformes y sotanas. Él mismo es un hombre creyente, pero es también un intelectual. Como hombre de fe, defiende con firmeza la necesidad del culto y la religión para su país, pero no desea que éste se convierta en una gran catequesis donde sólo gobiernen espadones y obispos. Unamuno, como Ortega, Machado, Pérez de Ayala y tantos otros, aspira quizá a un imposible: el advenimiento de una sociología popular ilustrada en un país sin ilustración. 

La desafección vasca y su posterior vertebración nace con la intención de preservar la verdad absolutista una vez ésta es derrotada en la península. En el País Vasco, un teócrata, Sabino Arana, se erige en baluarte del Antiguo Régimen frente a los impíos liberales castellanos. Si Dios ha caído en Castilla, no caerá en Bizkaia. Se crea así la reivindicación de Euskadi, portadora de la verdadera esencia patria, la auténtica, la que no traicionará a Dios. Para Unamuno no es difícil advertir que la diferencia vasca es equiparable a la razón tradicional castellana: más allá de sus respectivas aspiraciones en lo económico, las dos identidades nacen y descansan en su confesionalismo (1). 

Unamuno no advierte diferencias entre estos dos nacionalismos porque el genio mitológico de la Patria descansa bajo una hegemonía, no de creación [de una nueva sociedad] sino de ilusión [de un vano idealismo]. La Cataluña católica en cambio, es también una Cataluña no dogmática, abierta al mediterráneo y a la Europa reformista; abierta a la tradición liberal, a la ilustración continental, a una sociología capaz de hacer virar el oscuro trasatlántico del tradicionalismo. Para Unamuno, la posibilidad real de transformar la españolidad, pasaba acaso por el pueblo más afrancesado de la península.

(1)-. Mientras en Euskadi la reconversión carlista deriva hacia el integrismo católico de Arana frente al nuevo liberalismo [hereje, ateo o masón] emergente en la península, Cataluña asimila en mayor medida el liberalismo frente a la vieja realidad absolutista. Si Arana reclama una Bizkaia, que a partir de ahora debe separarse, para asegurar su pervivencia "bajo mandato de Dios" [puesto que Dios según Arana, ha sido derrotado en España], la identidad de Cataluña se acomodará al margen de La Lliga, reivindicando el liberalismo, el federalismo y el constitucionalismo.