15 de marzo de 2012

Budismo

Hace algunos años, EEUU experimentó una notoria fiebre budista que alcanzaba a todo tipo de celebrities. La moda kármica no era fruto de una espontaneidad social. Se ajustaba como un guante a la cultura individualista norteamericana y como tal, fue alimentada. La esencia del budismo, con respecto al resto de religiones (vertebradoras de las distintas sociedades) es su ego-ismo. Mientras las religiones de El Libro, pretenden (a priori) ordenar a los pueblos, el budismo es netamente individualista. El Yo humano individual, esclarecido, como centro del cosmos que persigue el Nirvana, puede practicarse en el salón de casa, recién duchado, con música new age de fondo y un stick de incienso.

Frente al incómodo mandato de la caridad, la hospitalidad o el amor al prójimo de las religiones de El Libro, el karma se refiere a una relación causa/efecto estrictamente espiritual. Lo que hacemos determina nuestra condición, y por consiguiente, el mañana. Lo que somos es el resultado de nuestro ayer en una sucesión de vidas. El karma define el lugar que ocupamos en la historia cósmica: si un niño es esclavizado o una niña prostituida desde la infancia, Buda no duda: hizo méritos en otra vida para tal castigo. El Budismo no siente pasión por transformar la sociedad ni alberga inquietud humanista alguna.

Lo esencial del budismo es impersonal, un estado de libertad, la búsqueda de una paz interior, más que un salvador personal. Es cierto que este revestimiento puede practicarse, sin el ejercicio o la identificación budista, del mismo modo que puede practicarse la ética o la solidaridad, sin un compromiso judío, cristiano o islámico. Los budistas no desarrollaron argumento alguno respecto a las implicaciones económicas, políticas o sociales, necesarias para transformar la sociedad. Alegar (incluso razonablemente), la incoherencia o hipocresía del resto de religiones, en sus fundamentos prácticos, no modifica la esencia del budismo.