23 de marzo de 2012

Cádiz, los liberales y el Mercado

Es de lamentar ver al Presidente del Gobierno, establecer el paralelismo de la Constitución de Cádiz respecto a su política de reajustes. Rajoy se permite semejante pirueta porque es difícil encontrar otro país desarrollado tan ignorante de su historia como España. En palabras de Jovellanos, “donde no hay instrucción todo falta; donde la hay todo abunda”. De este modo, la mayor ligereza se convierte, en boca de un listo solemne, en una aguda y perspicaz sentencia de estadista. “En Cádiz nuestros antepasados nos demostraron su valor para hacer reformas en tiempos de crisis”. Si a Sarkozy le da por perpetrar una tergiversación semejante respecto a la Revolución Francesa, lo sacan por la ventana. Mariano en cambio, nada tiene que temer. Diríase que al igual que hace dos siglos, el vulgo español aplaude a nuestros próceres, al grito de ¡Vivan las caenas!

Cádiz supuso el triunfo de la tendencia progresista más audaz y humanista posible, desde el único espectro político existente e imaginable en aquel entonces. Hablamos de una verdadera Revolución institucional. Lo que allí ocurre es de todo, menos conservador. Por supuesto eran posturas selectas, burguesas, derivadas de una minoría escogida de la población, en reacción a su contraria (que persigue conservar la realidad de su status quo). No es ningún secreto que el populacho se da por descontado, salvo para arengarlo en las parroquias y alzarlo en armas por parte de los de siempre, pero ello no resta un ápice de mérito a la convulsión que supone la emergencia de un impulso histórico que busca no sólo edificar un nuevo Estado frente al absolutismo, sino un nueva escala de valores en el hombre y en su contrato social

Una elite de intelectuales, revolucionaria en su pensamiento, transformará las imposiciones medievales en una nueva realidad: soberanía nacional, rey sometido al parlamento, división de poderes y súbditos convertidos en "ciudadanos". De la noche a la mañana se reconocen derechos individuales, la igualdad de todo hombre ante la ley, la propiedad privada, la inviolabilidad del domicilio, la libertad de imprenta, el derecho del pueblo a ser ilustrado, el sufragio universal masculino, a la vez que se debate la supresión de la Inquisición, las desamortizaciones eclesiásticas o la reforma del clero. Es un cataclismo; algo jamás visto en nombre de la razón y la dignidad humana.

Ahora descubrimos cómo algunos no sólo se apropian de Cádiz; por lo visto sus tatarabuelos compartían las pretensiones napoleónicas que en España les llevaron a la muerte o en el mejor de los casos, al exilio. Consuela descubrir  que estamos gobernados por héroes dispuestos a arriesgar sus vidas; no hay más que verlos. Lamentablemente, las reformas actuales, lejos de ser lo que algunos insinúan, serían lo más parecido a ver a los soldados de Fernando VII exprimir con más diezmos a los de siempre: su asfixiada chusma. La versión gaditana de la Revolución Francesa, no es que no pueda asemejarse a los liberales de ahora; ni siquiera podría extenderse a la socialdemocracia actual. Haciendo un ejercicio de imaginación, las consecuencias de Cádiz hoy, serían equiparables al impacto que supondría hoy una Banca Nacional, someter la CNMV a la supervisión de Hacienda, promover un estatuto social del BCE, perseguir efectivamente el fraude fiscal, suspender los paraísos fiscales, el blanqueo de capitales, una tasa sobre transacciones,  modificar la ley hipotecaria, derogar la gansteril prescripción de los delitos económicos, incrementar la longevidad de sus penas, etc. Lo dicho; Mariano.