19 de abril de 2012

Berlusconi

Decía Russell que el mendigo no envidia al millonario, aunque envidie naturalmente a otros mendigos con más éxito. Diríase que existe una genealogía de la corrupción, de cuna y abolengo, que induce a una cierta tolerancia del inconsciente popular. Lo que en realidad despierta las iras del vulgo es el advenedizo que a base de chanchullos o corruptelas, pretende subirse a un tren del que hasta ahora no formaba parte. Y es que no es lo mismo un aspirante a la Dolce Vita recién llegado de provincias, que la gente de orden y con pedigrí que siempre estuvo allí. En realidad, quien logra hacer de la impunidad y la corrupción su esencia misma, su inherente condición, no precisa perder el tiempo en refutar improperios o en velar por su reputación. 

Con Berlusconi todo es posible. Incluso olvidar la farsa cósmica en la que estamos instalados. Nuestras comisiones o las cuentas en las Caimán son importantes pero cuando suena el móvil y es Silvio quien llama, el mundo se detiene, la vida voltea y lo material pierde toda su razón de ser. Nicole, Claudia, Verónica... Ebrios de caricias no queremos despertar. “¿Pronto, Silvio?”.