26 de mayo de 2012

Bien público y bien privado

Dice Simone de Beauvoir que el éxito del capitalismo está en prohibir utilizar cualquier herramienta de Marx, si no se acepta en bloque todo el sistema de éste.  La francesa sonreiría hoy al comprobar cómo, tras la desaparición de las dictaduras comunistas, sigue considerándose tabú cuestionar la delictiva legalidad que define hoy al nuevo fundamentalismo neoliberal. Un sencillo ejemplo de esta observación lo podemos encontrar en el tratamiento de el periódico El País respecto a "Syriza", (la nueva coalición que amenaza el bipartidismo en Grecia). Para dicho medio, anhelar un BCE que pueda equipararse a la Reserva Federal estadounidense, o reclamar un interés de los préstamos no usurero, que haga posible pagar una deuda imposible, es digno de calificarse como de "extrema izquierda" o "izquierda radical".

En la búsqueda del beneficio o el riesgo a perder, descansa una de las bases del capitalismo. La oferta de un determinado producto o servicio reportará un beneficio o unas perdidas. "Beneficio o quiebra" conforman así los dos extremos de la aventura empresarial. Hasta aquí, nada que objetar. Pero dentro del sistema, existe un tipo de empresa que lo soporta, que por regla general no admite la quiebra. Son los bancos. Puntales del edificio, cuyos dueños disfrutan de sus beneficios, socializando sus pérdidas. El método (acentuado al ligarse a las finanzas y la especulación), ha descansado sobre una máxima: se trata de privatizar desde la impunidad unas supuestas ganancias, para posteriormente nacionalizar su realidad (las pérdidas).

Las resultas de la malversación bancaria o su nefanda gestión, siguen siendo hoy irrelevantes, porque el banquero es plenamente consciente de que los presupuestos económicos sobre los que opera no se discuten ni están sujetos a un reproche penal real y efectivo. Sabe también que dichos presupuestos han de girar inevitablemente en torno a su empresa, y por último sabe que la quiebra de ésta supondría el derrumbe automático del actual entramado de relaciones sociales y económicas vigente. El banquero siempre será cubierto en aras al bien común, porque la proyección del bien común (como patrimonio social) lejos de ser regulado y supervisado por lo Público, descansa en manos privadas; en sus manos. El caso Bankia supone el último ejemplo político de un rescate estatal, donde una nueva optimización desde lo Público, permitirá la nueva y privada malversación de futuro.




¿Cómo debe encajar la humanidad que la ordenación y custodia de su riqueza global haya sido expoliada y saqueada por una elite de gansters y usureros? ¿Cómo entender que el rescate internacional de dicha malversación privada global, no implique el inmediato control público entre Estados, para gestionar dicho poder? ¿Debe la sociedad resignarse al hecho de perder su capacidad para gobernarse, en detrimento de una tecnocracia Capital? ¿Y al hecho de perder su bienestar?  ¿Cómo interpretar que el clamor en toda Europa respecto a un cambio urgente del status del BCE, (más allá de figuras alternativas como los eurobonos o compras excepcionales de deuda soberana) no conforme un caballo de batalla sin tregua, permanente (incluso en minoría parlamentaria) por parte de una socialdemocracia europea amedrentada y clientelar? ¿Qué alternativa debe quedarle en definitiva a una sociedad que constata el asalto histórico a su bienestar y la imposibilidad de modificar su modelo de desarrollo, mientras contempla a una clase política secuestrada por el fundamentalismo global?