11 de mayo de 2012

El laboratorio griego

Hitler conquistó el poder, entre otras cosas, porque fue el único que garantizó lo que más precisaba el pueblo alemán, orgullo. Tras la Primera Guerra Mundial, Alemania capitula pactando unas condiciones imposibles que la hipotecarían prácticamente durante un siglo. Con el Tratado de Versalles, el país asumía algo más que un descenso de categoría en el concierto mundial; formalizaba su humillación ante el mundo. Loco pero astuto, Hitler supo romper con todo porque devolvió a una nación huérfana, el orgullo de ser alemán.

El bipartidismo quiebra en Grecia. 50 diputados extras regalan los dioses al vencedor, para garantizar la estabilidad entre conservadores y socialdemócratas y ni aún así, ha sido posible mantener en pie el Sistema. El PASOK ha sido superado por la “Izquierda Unida” griega, mientras los neonazis entran dispuestos a devolver el orgullo al país y a que nadie más se ría de ellos. La Hélade lleva tiempo sufriente y humillada. Es cierto que los griegos tienen una gran responsabilidad en la edificación fallida de su Estado, pero ello no esconde el tratamiento de Shock que ha llevado al enfermo al Coma, sabiendo que eso es exactamente lo que sucedería. Todo se reduce a que paguen la bola de nieve de su deuda sin contar con ellos, porque de eso trata la política seria y en mayúsculas de nuestros políticos, y porque al ser varios millones de griegos, tampoco importa demasiado cuántos queden en el camino, mientras siga existiendo una bandera y un parlamento que no arda, aislado por el ejército.

Los nazis helenos apenas han gastado en publicidad electoral. Su campaña se ha traducido en  una rebelión silente boca a boca y en visitar los barrios más castigados para repartir comida. También acompañan a los jubilados a los cajeros para que puedan sacar su dinero sin que sean asaltados por quienes ya viven en ellos. Los suicidios y las muertes en extrañas circunstancias, ocultadas por los medios, se cuentan en Grecia por decenas cada semana. Al pueblo no le queda nada, y cuando nada queda, lo único que toca es que alguien exhale con orgullo el “que se jodan ellos”. Se trata de gritar un último “Viva Méjico”. Al nazismo sociológico, se suma pues, un nazismo social (o de consecuencia capitalista). Mientras el pacman mercantil continúa devorando los vagones del convoy europeo, ya sólo se discute sobre el reparto de los peces, no sobre las artes de pesca. Las resultas de esta impostura global pueden acabar propagando la epidemia fatal.