8 de mayo de 2012

Liberales de ayer y de hoy

Con el 200 aniversario de la Constitución de Cádiz, se ha asistido a una cierta exaltación o apropiación sociológica de los "liberales de Cádiz", por parte de quienes hoy  así se definen políticamente. Más allá de la frivolidad que ello supone, nos preguntamos a quién correspondería reclamar "el ADN" de los constitucionalistas gaditanos.

Cuando se habla del germen liberal napoleónico, se alude a una élite transformadora desde la razón y la perspectiva de una nueva humanidad . A finales del XVIII, la gravedad de las nuevas proposiciones sólo puede interpretarse desde el único referente existente hasta entonces: el Regalismo que ha discutido  la verdad medieval, absoluta y teocrática de la época. Los nuevos hombres, herederos del despotismo ilustrado, conforman una élite progresista, constitucionalista. Ellos mismos son también una minoría ajena a un vulgo irrelevante que conforma la práctica totalidad de la población, pero ello no resta un ápice de mérito al impulso de un nuevo ideario que busca no sólo edificar un nuevo Estado frente al absolutismo, sino un nueva escala de valores en el hombre y en su contrato social. En otras palabras, los nuevos liberales afrancesados de comienzos del XIX, podrían equipararse a las clases acomodadas de hoy, desde un status social o un plano estrictamente económico, pero nunca desde su razón política o su centro de gravedad ideológico.

Por supuesto, el nuevo edificio a construir arrastra una bolsa de pobreza que representa a la gran mayoría de la población. Para entonces, el discurso sobre la desigualdad de Rousseau es ya una referencia intelectual para una ínfima minoría ilustrada, pero por encima del igualitarismo, prima el necesario propósito de crear un Estado viable y no fallido, que contemple los nuevos ideales liberales. Frente a los carlistas (o tradicionalistas) partidarios de la Ley Vieja y la sociedad estamental (monarquía, clero y nobleza), negando las nuevas categorías de ciudadano y Estado-nación, los liberales aspiran a crear dicho escenario superando el orden natural de Dios. Para ello, se ha de acometer la gran tarea de integrar a la Iglesia y a la nobleza (central y periférica o foral) dentro de la nueva razón de Estado, y ello no es posible si los impuestos son recaudados por dichos estamentos para sí mismos. Hablamos en definitiva de una elite constitucionalista, una selecta minoría ilustrada, preparada, deseosa de encarnar y crear un nuevo modelo de Estado-nación frente al Antiguo Régimen donde Iglesia, monarquía y nobleza son estamentos separados que han pervivido durante siglos, cada uno con sus tributos, impuestos y señoríos, dentro de una realidad absolutista.

Siglo XIX

La Revolución Francesa se personifica en la península mediante su "versión española", La Pepa o Constitución de 1812. La Revolución nunca nace "del vulgo". Los miserables se suman siempre al golpe de timón de una burguesía, de una intelectualidad, de una élite (con capacidad bastante), como para cambiar las cosas. En España ni siquiera tomarán partido. Se tratará de una proclama institucional desde unas Juntas que reivindican  su Soberanía. Tras la restauración de Fernando VII, los liberales pronto se dividen en dos: progresistas y moderados. La característica en común de ambos es en principio, asentar dicha Soberanía (que emanaba del rey), en las Cortes. Frente a ellos, los absolutistas defienden la soberanía de Dios (encarnada en la monarquía) y no sujeta a cámara alguna.
"Progresistas y conservadores"  serán así los primeros representantes de lo que hoy entendemos por "izquierdas y derechas". Además de sus clásicas pretensiones, unos tenderán a emanciparse de la figura real, y otros se apoyarán más en ella,  pero también aquí, hay que tener en cuenta que el centro de gravedad forjado a lo largo de todo el XIX entre ambos partidos, la diferencia entre Espartero (espadón progresista) y Narváez (espadón conservador) por poner sólo un ejemplo, se instala siempre desde un "margen relativo de actuación". El campo, la pobreza generalizada, será siempre manipulada como instrumento para las revueltas, en busca de beneficios que nunca obtendrá. Desde dicha comprensión conservadurísima, mostrarse partidario de que la educación no sea monopolio de la Iglesia, (por ilustrar sólo un ejemplo) aunque se respete el resto de sus ingentes privilegios, se entiende ya por los inmovilistas como una "izquierda radicalísima" y es casus beli.

Desde Napoleón, los absolutistas españoles discutirán a sangre y fuego la propagación y consolidación del Liberalismo, que por ahora sólo debe entenderse como "parlamentarismo soberanista" (con elecciones siempre amañadas). En este sentido, se puede por supuesto, ser "muy conservador" siempre y cuando se asuma el pacto constitucional (no natural). Pero no será la sociología constitucional conservadora la que reclame en Cádiz convulsiones tales como el sufragio universal, la depuración de la Inquisición, la desamortización de las tierras, los derechos y libertades del hombre, la enciclopedia o la imprenta. Al contrario, hay quien busca que nada cambie, salvo una composición parlamentaria amañada. Con el tiempo, igual que los conservadores pronto se distinguen entre "moderados" y "sector duro", los progresistas hacen lo propio derivando en "moderados" y más "radicales". 

Ayer y hoy: España, sinónimo de Dios

Los realistas, carlistas, tradicionalistas, o simplemente fascistas (herederos en suma del absolutismo), lucharán por combatir algo más que la nueva sociedad liberal, comercial y de intercambio. Aceptado el Mercado en el XX (pese a que éste diluye la fe individual en los consejos de las Sociedades Anónimas), queda pendiente la lucha sociológica contra lo que el liberalismo (la democracia) ha traído consigo: la derrota de Dios. España no puede comprenderse en su verdadera dimensión sin entender la ecuación principal para una considerable parte de su población y clase política: Patria debe entenderse como Patria católica. Sin la hegemonía de Dios no hay Patria, o en todo caso, ésta deja de ser española. Es la "España de Dios" y la soberanía que de ella se desprende, la única aceptable. Cuando se alerta a los "españoles", se está alertando a los "defensores de Dios". Cuando en definitiva se habla de "una Patria huerfana, de una cultura o unos valores en peligro" de lo único que se está hablando, es de una Patria y una sociedad donde la proyección de Dios, ha dejado de imponerse en los ámbitos social y civil, desde la interpretación absolutista y hegemónica que sus denunciantes proclaman.

Los liberales hoy

Al socaire del reciente 200 aniversario de La Constitución de Cádiz, se ha producido una cierta usurpación o apropiación de la concepción liberal del XIX, por parte de quienes hoy se catalogan como tales. Pero nada tienen que ver desde un plano ideológico o de pensamiento, afrancesados como Aranda, Goya, Jovellanos, o los "esprits forts" que hacen posible los logros constitucionales de Cádiz, con la sociología moderadísima predominante en la España liberal-conservadora que les sucederá. Los liberales y afrancesados de la época, (muchos de ellos masones, relativistas y librepensadores) protagonizaron la posiciones más arriesgadas y progresistas en aquel entonces. Incluso pagándolo con su vida. Corresponde a cada cual juzgar qué perfiles pueden reivindicarse hoy herederos de la sangre liberal de Cádiz que pronto reprimirá Fernando VII: españoles exiliados, perseguidos y aniquilados por los sectores inmovilistas y la Iglesia, y si resulta verosimil reclamar su sello, por parte de quienes actualmente defienden aún posicionamientos difícilmente decorosos respecto a ciertas asignaturas pendientes vinculadas al pasado dictatorial de nuestro país. Queda pues a juicio del lector, qué tipo de absolutistas, de micrófonos y de tertulias se disfrazan de "liberales" sin serlo, y  qué otros perfiles, liberal conservadores, son capaces de entender la política y la ordenación social, desde un gen netamente democrático.

(Desde "Liberalismo vs Absolutismo")