5 de junio de 2012

Sociología de la República

El hombre tiende a divinizar su humanidad. Revistiéndose, dignifica su proyección ante el cosmos y ante los demás. Cuando el niño posa inmaculado por su comunión, cuando el adulto se empareja, cuando el sacerdote sacramenta [dignifica] la "unión pecaminosa de la carne"; cuando la señora ojea en la peluquería los nobiliarios romances que hace suyos; cuando se vitorea la presencia de los reyes por la calle, o se aclama al líder espiritual de cualquier confesión, las personas buscan, entre otras cosas, dignificar su auto-proyección aquí en la tierra o en la bóveda celeste. Ya sea como niños, amantes, representados ante el mundo, o ante la eternidad. El hombre se reviste de dignidad.

Plano individual, social y estatal de la dignidad

También desde un plano sociopolítico, la elección del hombre precisa de una determinada consagración que le dé sentido, pero  la adulteración de su razón puede llevarle incluso a la persecución de una dignidad artificial. Desde el plano individual, un revestimiento impostado, resulta bastante para contentar ciertas filosofías. Así, -quién sabe si en la necesidad de redimirse-, hay quien auspicia sus propios reconocimientos, fingiendo la autenticidad de los mismos, como ocurrió con el ex presidente José María Aznar y la Medalla del Congreso de EEUU cuya condecoración quiso pagar él mismo con dinero público. Desde un plano social, esta proyección individual se traslada del individuo al marco en el que habita, mediante la designación de sus representantes políticos. Votando, proyectamos la aproximación más cercana a nuestro "ideal". No importa demasiado el análisis porque el voto queda reducido al conjunto de estímulos morales, emocionales y estéticos vivido por cada cual. El sentido del voto se torna en el Logos: en la íntima interpretación de nuestro Ser, nuestra Verdad y nuestra Razón desde el pleno significado (subjetivo). Lo sustantivo es poder identificarse con algún candidato capaz de proyectar su subjetiva exigencia de dignidad y perspectiva de "entender" la realidad. Es así como se puede llegar a preferir a un chorizo elegante, antes que a un administrador honesto, que no se identifique con nuestra particular proyección ideológica.

Finalmente, el ideal se hace extensivo a un tercer marco: la forma de Estado. "Yo no soy nadie, pero ahí está mi rey para representarme; él encarna la grandeza de lo que puedo llegar a ser; él me representa y me dignifica”. Cuando Luis XVI es decapitado, su sangre salpica de dignidad a un pueblo súbdito, carente de ella. Una vez el ideal antropomórfico es descoronado, el súbdito interioriza su emancipación monárquica (metafísica), trasladando su proyección, no a "mi otro yo en la tierra" (el rey), sino a la encarnación jurídico-institucional de dicha dignidad, es decir, a la República misma como "Ser que es". La esencia exponencial de "mi Yo", sometida al Verbo político (al rey), es ahora confiada a la República como "Ser". El vulgo deja así de jalear a su representante ante el mundo y ante el cosmos. La cosmovisión se invierte. Ya no es el rey, embutido en su disfraz, el centro del universo. Se expulsa al impostor y un nuevo heliocentrismo da sentido a la realidad. El embrión de la Res Pública se encarna en numen bastante que inviste un nuevo pensamiento (emancipado) capaz de afirmar (construir) su propia realidad. El nuevo hombre ya no precisa del "hijo de Dios" en lo político. A partir de ahora es la Diosa profana, temporal, la que instaura la nueva liturgia: la laica religión que sustituye el viejo culto natural y a sus intermediarios.

La dignidad desde sus dos vertientes (Monarquía o República)

Los franceses partieron de su humanidad para erigirse en dioses, mientras que la definición de la esencia patria en la península, tuvo su principio y su fin con la derrota de la resistencia comunera en Villalar, contra Flandes y Carlos V.  Los Grandes castellanos aguardarán a que la rebelión popular propicie su integración en el gobierno extranjero. Nada distinto pudo advertirse durante los cinco siglos siguientes. A partir de ahora, Austrias o Borbones, se repartirán las jugosas prebendas hispánicas, sustentados por una elite servil y clientelar. En la península, el sentido de la madre patria nunca derivará hacia la proclamación de una conciencia en común, ni tampoco se derramará entre el vulgo. Al español dirigente, siempre le fue suficiente con el revestimiento de una grandeza artificial y fingida no investida por "el pueblo". Su dignidad descansará en el brillo de las pecheras, en ser ensalzado por los edictos o por la prensa, y en comulgar. No se gestará una solución de país, más allá de la imposición de sus elites.  La lealtad (a ninguna causa que no sea la propia) existe así, mientras se garantice la promoción personal. De otro modo, el patriota se torna en el primer enemigo de la patria.

Pero la cuestión no descansa en un concurso que someta a juicio la idoneidad entre Monarquía o República desde un plano objetivo o de mérito, sino en sí el escenario histórico resultante en cada pueblo, ha sido instaurado y sancionado por éste; legitimado por él. Más aún, podemos preguntarnos si su vertebración comparte una causa en común, una conciencia, una pertenencia. Podemos incluso obviar la génesis absolutista o hereditaria de la monarquía y afirmar que dicho marco como tal, no tiene por qué albergar en nuestro tiempo, connotación peyorativa alguna, toda vez que asume su rol parlamentario: equiparable a La Grandeur republicana, se encuentra sin ir más lejos, la monarquía británica. Los ingleses pueden cuestionar su institución desde su recurrente sensacionalismo, pero a la hora de la verdad, la corona fue asimilada y legitimada históricamente por un contrato con su asamblea. En un primer momento, nacionalismo y religión se fundirán en una nueva causa identitaria, el Anglicanismo. Posteriormente el enfrentamiento entre el poder parlamentario y el poder real (1642-1645) sancionará la moderna monarquía parlamentaria. Es así como antes de la Revolución francesa, en Inglaterra el rey ya es controlado por una Revolución parlamentaria, (por el contrato con sus notables), que ostentan una soberanía a la que la monarquía debe someterse. Dicha soberanía transversal, ajena al rey, motivará secularmente la validación y el refrendo de la figura real como institución.

España como asignatura pendiente

No se trata por consiguiente, de que la monarquía como forma de Estado, sea "más o menos" que la República. La cuestión española no está en si Juan Carlos I, asume un legado franquista que en la Transición es reconvertido a la democracia, sino en lo que podemos denominar, ausencia de asimilación histórica de la monarquía, por parte del "pueblo español" a lo largo de toda su historia. Baste como referente el advenimiento dinástico Borbón con Felipe V en la península como marco de Nueva Planta, que acaba con el pactismo "confederal" Habsburgo anterior a 1714. En otras palabras, la Marcha Real (de Carlos III), no será instaurada como resultado de una comunión peninsular, fruto de un acontecimiento que la significara. El himno español no simboliza la consecución histórica de logro alguno, ni refrenda el sello de legitimidad de un pueblo. Frente a un himno huerfano de causa, sin logro que proclamar, la Marsellesa representaría sensu contrario, mucho más que la consecución de un nuevo orden frente al absolutismo: la comunión popular, la voluntad popular, la afirmación de la nación hecha a sí misma. Desde tales mimbres, cabe preguntarse en base a qué argumentos podemos deducir la existencia de un patriotismo español que pueda hoy concebirse sin sonrojo o exento de pecado original.