24 de agosto de 2012

El Carlismo o "la ley de Dios"

Históricamente, el contrato entre una monarquía absoluta derivada de Dios (junto a una nobleza de cuna y nacimiento que la sustenta), encarna la única personificación posible del reino. Tras el nacimiento del carlismo en 1833 descansa la España más absolutista, temerosa de una deriva hacia la monarquía constitucional. Con la aparición de la ilustración, el estallido de la Revolución francesa y los nuevos conceptos de Estado-nación, el liberalismo discute la vieja soberanía secular de Altar y Trono para hacer posible un nuevo Estado, donde descanse aquella. Para ello es necesario integrar a las antiguas elites absolutistas que ni precisan ni desean semejante alteración de sus condiciones. En la península, los reinos de Aragón, Valencia, Navarra, el principado de Cataluña y las provincias vascas han disfrutado durante el Antiguo Régimen de Fueros* pactados por sus oligarquías con la corona.

La aparición del liberalismo (o del nuevo Estado-nación de perfil parlamentario y constitucional), no sólo deroga en su concepción global el absolutismo divino del rey y lo somete a la voluntad de la asamblea, tampoco reconocerá los privilegios otorgados (o pactados por éste) con las antiguas oligarquías que se reconocen mutuamente. Esta imposición general encuentra así la resistencia de aquellas realidades periféricas que disfrutan de dichos privilegios. Luchar por la preservación de los fueros, significa luchar por no modificar la concepción de la soberanía divina existente, con lo que además de combatir la eliminación de las prebendas estamentales, el Antiguo Régimen se encuentra con un "frente absolutista regional" en su defensa. Los fueros se convierten en el motor que impulsa la vigorización de las elites regionales tradicionalistas, defensoras de sus privilegios.

Pero frente a la desamortización, la Ilustración, el parlamentarismo, la Constitución que otorga derechos y deberes al hombre, la categoría de ciudadano frente a la de súbdito, la enciclopedia o la laicidad, las únicas referencias ideológicas de los defensores del absolutismo realista (en la meseta o las regiones periféricas) son “Dios, Patria y Rey”. No es baladí que Dios figure en primer lugar. La idea de Trono y Altar sintetiza la única ley de los carlistas. Se trata de una adhesión al catolicismo español contrarreformista tradicional. La Iglesia defiende la sumisión absoluta de sus súbditos, además de sus derechos y privilegios amenazados por las nuevas ideas y el aumento de atribuciones del nuevo Estado.

El concepto de Patria es por ahora un concepto opuesto radicalmente al de nación. Frente a ésta, constitucional, progresista, liberal, portadora de soberanía, dotada de ciudadanos que se atreven a proclamarse con derechos y libertades, la patria no es sino un conjunto de tradiciones, creencias, privilegios, leyes e instituciones fundamentales, que en absoluto son privativas de España, sino de todo el Antiguo Régimen europeo. La patria encarna únicamente al rey y la religión y eso sirve tanto para un absolutista castellano, vasco o austriaco. Patria es en definitiva, la emanación sagrada de la ley vieja, un concepto vacío, que se disuelve de nuevo en otras dos: Dios y rey.

Por último, ser realista o fiel al Rey significa en principio someterse ciegamente al monarca, aceptar el absolutismo regio y reconocer su autoridad ilimitada. Pero legítimo es Fernando VII y los absolutistas más intransigentes no se someten a sus órdenes entre 1826 y 1827, cuando sospechan que puede llegar a peligrar la política antiliberal. Del mismo modo, tampoco aceptan la anulación de la ley sálica propiciando el nacimiento del Carlismo. El propio Carlos VII arguye que Fernando VII tiene “legitimidad de origen” pero no “de ejercicio”. La supuesta fidelidad al rey no es pues la base de dicha identidad. Se trata de fundar una nueva nacionalidad en torno a la idea católica y ante ello desaparecen el resto de consideraciones. Rey, por tanto, es otro vértice del trípode que se disuelve, al igual que lo hace la Patria, en favor de la única legitimidad sólida y firme: Dios, la religión y el catolicismo. Los reyes ejercen de manera delegada y transitoria un poder que sólo emana de Dios y permanecen en él, en tanto sus postulados sigan acordes a la voluntad divina. El catolicismo se reconoce en fin, como fuente superior a las instituciones políticas. La guerra carlista no es sino el enfrentamiento de la religión contra los nuevos derechos y libertades proclamados por el hombre.

  • Arreglado desde "Mater Dolorosa" / Álvarez Junco