5 de agosto de 2012

Un pueblo sin voz

Diríase que los himnos nacionales denotan la talla de algunos de sus pueblos. El himno de España no se instaura con Carlos III como se dice [el país, tal y como lo entendemos, se constituye a partir de 1812]. Tal Marcha Real formaba parte del protocolo de piezas a escoger cuando el rey hacía su aparición. En palabras de Álvarez Junco, [Mater Dolorosa/Taurus] el himno comenzó a cobrar sentido como una de las composiciones personales que anunciaba la presencia de Carlos III en distintos actos. Quizá nos avergüenza reconocer que el paso del tiempo instalase sin causa común, heroísmo o Revolución alguna, una pieza semejante. Hay quien incluso añora una letra por cantar, pero esa es, precisamente, la triste esencia del pueblo español. El himno de España no tiene letra porque su pueblo, desde el aplastamiento comunero castellano, nunca tuvo voz. Nunca el tradicionalismo dejó de administrar el poder en la península.

Cuando la historia de un país corta la cabeza a un Rey absoluto, cuando se logra doblegar al feudalismo o proclamar principios fundamentales conquistados a sangre y fuego, sin duda brota de inmediato algo que decir entre las fuerzas vivas de la nación. Pero qué decir si de lo que se trata es de la secular preservación de la ley vieja. Salvo fugaces excepciones aplastadas por la fuerza, los bellos ideales nunca lograron fundamentar la identidad española. Hoy, saludando el saqueo del Bienestar e Iniciado el camino de regreso al XIX, no hay como renovar el compromiso hacia el orden natural, tras el himno de un pueblo sin voz.