1 de septiembre de 2012

El drama de ETA

"Conocer al diablo es destruirlo, porque la ignorancia siempre ha sido la mejor aliada del mal"
San Ignacio de Loyola

Diríase que el sentir carlista, rural, no perteneciente a la villa, tiene algo de huraño o anacoreta. La paz del campo induce a huir del tenso intercambio de intereses cotidianos al que nos somete la capital. Un cierto celo ácrata frente a los nuevos ordenamientos, provocará históricamente que cuando la creencia carlista, -única fuente de conocimiento del vulgo en España, gracias al sacerdote de cada parroquia- decida pronunciarse, lo haga hasta sus últimas consecuencias. La firmeza de las posiciones adoptadas se determina al ser avaladas y amparadas por Dios y por la Iglesia.

Uno de los puntales vertebradores de ETA se situará en pleno corazón del País Vasco, en Oñate; allí se encuentra el santuario católico de Aranzazu. En palabras de Mario Onaindía, "éramos los nuevos boys scouts de la tierra vasca". Seminaristas, novicios, jóvenes laicos -sin ordenar-, que se buscaban a ellos mismos; vascos con preguntas e inquietudes, conscientes de estar sufriendo el acoso de un régimen sin libertades, la represión de una dictadura fascista. Si el nacionalismo vasco nace a partir de 1900 de la mano de Sabino Arana, desde una nostalgia absolutista que puede dar respuesta al Estado napoleónico y al liberalismo, ETA nace en plena dictadura franquista, y lo hace a causa de Franco. Defender lo vasco por entonces, no significa mostrarse en favor de separatismo alguno. Es una ETA legítima que lucha, al igual que la mitad de los españoles también reprimidos, por la democracia y las libertades, por un pueblo vasco en libertad, por el reconocimiento de la pluralidad, de la tolerancia, de la diferencia, de unas instituciones vascas, por la legalización de la Ikurriña o por el derecho a poder expresarse, también en euskera, al igual que se hace en castellano.

En el fondo, lejos de movimiento revolucionario alguno, lo de ETA ha sido siempre  -menuda paradoja-, una cuestión clerical y de afecto. De repliegue eclesiástico por un lado, frente al fantasma de un liberalismo que terminaría inevitablemente marginando la Ley Natural e instaurando derechos y deberes, a quienes les bastaba el destino que Dios les había otorgado. De querencia existencial por otro, desde un tenor melancólico que en palabras de Bertrand Russell refleja "la angustia por saber que hay algo mejor a nuestro alcance, que no sabemos cómo ni donde ir a buscarlo". Es el sentimiento trágico de la vida de Unamuno conjugado con "lo que el hombre echa de menos" de Feuerbach. Un sentimiento que podemos identificar igualmente en el extremo opuesto: el ultra español de una cierta edad, no es exactamente a Franco a quien añora. Lo que en realidad extraña sin saberlo, es sencillamente su juventud; la juventud que en ese tiempo disfrutaba y ya se le ha escapado. Su ideario político es algo que su melancolía suma posteriormente a su inconsciente.

ETA desde el idealismo

No es casualidad que Franco reinase cuarenta años bajo palio, o que la Iglesia resultara pieza fundamental para el sostén de ETA en el País Vasco prácticamente hasta su final. Desde la taimada perspectiva eclesiástica, las dos situaciones son históricamente positivas contra el cáncer napoleónico que estalla en el XIX, y desde luego contra el virus marxista. Al igual que el Frente católico irlandés frente a los herejes protestantes unionistas, el pilar sine qua non que ha hecho posible a los guerrilleros de la patria vasca dibujada por Arana medio siglo antes, no ha sido otro que la Iglesia católica.

Los Boy Scouts de Euskal Herria pronto comprenderán el sacrificio al que estaban llamados. Como en el recreo de su niñez, conformarán las primeras partidas encaminadas a salvar a sus compañeros de una guerrilla enmarcada en un conflicto de intereses mucho más elevado, y que lleva siendo practicado por la Iglesia desde su concepción, con especial intensidad desde la irrupción de la Revolución francesa. Hábilmente se revestirá el reclamo natural, teocrático, pensado por Arana para Bizkaia, desde la fisonomía de una supuesta "identidad arrebatada" al pueblo vasco, sin especificar en dónde radica ésta. Se trata del travestismo del sacerdote; del travestismo de Dios y su orden natural, la Ley Vieja, en un plus identitario que ha sido arrebatado al pueblo.

Como siempre magistralmente, la Iglesia sabrá jugar sus cartas. La lucha de clases que puede entrañar una ETA aparentemente marxista en época de convulsiones revolucionarias, -Cuba, socialismo, existencialismo, conflictos coloniales-, ha de concretarse desde una suerte de teología de la liberación, amparada exclusivamente en un explícito marxismo histórico, -que no filosófico o dialéctico-. Para la Iglesia, lo sustantivo es que una vez preservado el confesionalismo en España de la mano de la dictadura franquista, el embrión de la presumible reacción vasca a dicha dictadura, debe nacer también de la confesión. Si en un futuro, la reacción al fascismo vence, ésta ha de ser también una reacción en Dios y desde Dios. Dado que la confesionalidad del PNV no se discute, pues ésta forma su razón de ser, su Logos, su esencia sine qua non, la Iglesia se asegura en paralelo, la confesión de la presumible reacción que pueda alcanzar a una percepción burguesa, es decir, más radical o menos aristocrática.

En palabras del cura de Santa Cruz tras la capitulación carlista: "No es posible capitular en nombre de Dios; es ésta una guerra eterna". Teólogos, capuchinos, franciscanos, jesuitas, ex sacerdotes... Será una ETA nutrida mayoritariamente en sus cuadros jerárquicos y de acción, por clero vasco e ideólogos confesionales, que expresamente buscan eludir en lo teórico, el salto revolucionario -posthegeliano- hacia Feuerbach y Marx. Su resultado final no es otro que activistas platónicos, surgidos desde una factoría netamente idealista, desde un racionalismo puro -no materialista-, que jugarán a lo que siempre pretendió el Padre: el eterno discurrir hacia la gestación de una nueva provincia eclesiástica.

Con Franco impuesto por la Gracia de Dios, se trata al tiempo de asegurar la reacción periférica a la dictadura, también desde el catolicismo. Es así como la imagen del cura trabucaire contra el liberal, se revestirá en Euskadi de una astuta doctrina eclesiástica interclasista que desvirtúa durante décadas la lucha de clases del supuesto ideario etarra; desde la proclamación de la fraternidad en la raza y una sutil fe común que da sentido a una lucha armada en aras a la "personalidad perdida" de Euskadi.

Será una ETA, -especialmente tras la dictadura y su huida hacia adelante militar-, nutrida en su mayoría por ideólogos confesionales y creyentes proactivos, carente de un cuerpo laico sustantivo en su jerarquía ideológica, cosmogónica en lo existencial, mitológica más que filosófica, desgajada de toda vertiente materialista, -o marxista-filosófica-. Tras las miles de Ikurriñas de todos los colores como exclusivo retrato ideológico, -siempre carente de banderas rojas en sus escenarios- no dejará nunca de latir el germen nostálgico de la eterna Verdad araniana, derivada de una querencia existencial que nunca busca transformar la sociedad, sino refrendarla en su medieval pasado.

Dice Ángel Viñas que la constitución de 1978 puede considerarse -con las matizaciones que queramos-, la puesta al día de la constitución republicana de 1931 y la derrota política final del franquismo. No resulta ninguna ligereza afirmar que el drama de ETA sólo puede comprenderse en toda su dimensión desde su perspectiva histórica: su adiós supone -con las matizaciones que queramos-, el último repliegue carlista tutelado por la Iglesia hasta la fecha contra el Estado liberal-napoleónico y desde luego, el cierre formal de lo que vino en denominarse la transición en Euskadi.