21 de octubre de 2012

El autoritarismo inexorable

Juan Antonio Molina

El filósofo, escritor y canciller de Inglaterra, Francis Bacon, afirmaba que “el conocimiento es poder.” Sin embargo, esta aseveración, que tan extendida se encuentra por los entresijos políticos, no siempre es cierta. Sir Thomas Brow, por seguir con ejemplos anglosajones, quería saber qué canciones cantaban las sirenas, pero ello no le hubiera servido para ser gobernador de su condado. Y el conocimiento no es poder en cuanto es el poder quien condiciona la utilidad, o inutilidad, del conocimiento. Los fundadores de la escuela filosófica de la cual surgió el autoritarismo moderno tienen todos ciertas características comunes. Buscan el bien en la “voluntad”, más que en el sentimiento o en el conocimiento; valoran más el poder que la felicidad; prefieren la fuerza al argumento, la aristocracia a la democracia, la propaganda a la imparcialidad. Abogan por una forma de austeridad opuesta a la cristiana; es decir, consideran la austeridad como un medio para obtener dominio sobre los demás, no como una autodisciplina que ayuda a alcanzar la virtud, y, sobre todo, sustituyen el conocimiento por la afirmación pragmática de que lo que ellos desean es la verdad.

Por esto cuando la derecha afirma que hace lo que tiene que hacer, no se refiere a realizar lo acertado, sino simplemente lo conveniente para los intereses de las minorías que defiende, ya que la verdad, en la metafísica autoritaria, sólo se encuentra en sus propias aspiraciones. La irracionalidad que representa imponer la pobreza, desprender al individuo de los valores de la ciudadanía, laminar derechos y libertades, extender la desigualdad sólo es posible desde la retórica autoritaria de lo inexorable y el miedo. Aquella rotundidad que Milton Friedman argumentaba como “hacer que lo políticamente imposible se convierta en políticamente inevitable”. El filósofo argentino Ricardo Forster, recuerda que en la Argentina de los noventa el discurso hegemónico era el de los economistas ortodoxos. Y la expresión en boga era “esto es inexorable”. Las peores medidas económicas parecían inevitables. “Eso significó el miedo a las mutaciones. Europa guarda el miedo de sus propios excesos: los fascismos, el estalinismo, dejaron el miedo como herencia. Y ahora, ciertas ideologías de la ortodoxia económica trabajan sobre ese miedo.”

El propósito autoritario es reducir al Estado a mero gendarme de los intereses de los poderes económicos para lo cual la derecha sabe que es perentorio despolitizar a la ciudadanía y apelar a unos fines ajenos a los que verdaderamente pretende. El acto político de la derecha es siempre un acto ideológico avalado por la presunta inexorabilidad del “orden objetivo de las cosas” impuesta por el pensamiento único que, sin embargo, lo único que hace es alterar la base de la dominación, reemplazando gradualmente la dependencia personal –del esclavo con su dueño, el siervo con el señor de la hacienda, el señor con el donador del feudo, etc.- por la dependencia al “orden objetivo de las cosas” –las leyes económicas, los mercados, etc.-

No son reformas para salir de la crisis, es una reforma ideológica del Estado donde las libertades públicas, la solidaridad, la igualdad y la justicia no supongan un obstáculo a los intereses de las élites económicas y financieras.

Juan Antonio Molina escribe en El Regreso de Ulises