10 de diciembre de 2012

Cataluña y la teología de la política

Artur Más desciende al Hades en busca de Sheldon Adelson para intentar garantizar un acuerdo respecto a la ubicación de Eurovegas. Adelson le exige en sacrificio “entregarle el alma de Catalunya” y Mas, tras hacer balance respecto a las ilustres familias "propietarias" de la sagrada tierra catalana, se compromete a entregarle “el alma del Baix Llobregat”, ya de por sí adulterada en cuanto tradicional feudo electoral socialista... Si la filosofía implica una percepción relativa  de la realidad, saber reírse de uno mismo denota además una comprensión relativa de lo que somos. Pero sólo quien se afirma sin temor en su integridad, es capaz de reírse de sí mismo. Pocas "almas" en la península son capaces de ironizar sobre su coherencia identitaria como lo hace Cataluña. En la célebre abadía de Umberto Eco, se prohibía la risa porque sólo el hombre que no teme, comienza realmente a ser.

Diríase que mientras la construcción absoluta o confesional de otras identidades históricas, se edificó  a partir de su necesaria divinidad, la derrota austracista de 1714 generó en Cataluña, la perspectiva añadida de su animalidad (humanidad),  de su "temporal" divinidad. El programa de humor Polonia de TV3 es algo más que un notable ejercicio de humor; es un preciso intérprete de la sociedad catalana. Sólo en Cataluña es posible ver aparecer a sus líderes políticos comiéndose la "Estelada con patatas" (tras no alcanzar el consenso necesario del proyecto  “Mas Style”) o verles cantar Els Segadors “chuleta” en mano, al no recordar la letra. Cierta ironía identitaria, resulta hoy no imaginable desde el sagrado genio del nacionalismo vasco o castellano.

¿Supuso la capitulación de 1714 el giro copernicano de una sociología que comenzó a interpretar su encaje peninsular con cierta filosofía, tras la llegada de los nuevos representantes soberanos? El imaginario catalán nunca precisó del rencor o del cierre de filas contra el enemigo. Más aún, salvo para una comprensión netamente bruta o absolutista, Cataluña nunca resultó explícitamente soberanista; persiguió al contrario, otra manera de entender España. En palabras de Azaña, "El último Estado peninsular procedente de la antigua monarquía católica, que sucumbió al peso de la corona despótica y absolutista fue Cataluña; y el defensor de las libertades catalanas pudo decir, con razón, que él era el último defensor de las libertades españolas”.

Mientras los guardianes de la patria son capaces de convertir también al soberanismo a la otra mitad de Cataluña, sólo desde la mala fe o desde un profundo desconocimiento de la realidad catalana se hace posible avalar la sonrojante brocha gorda de José Ignacio Wert. El grado de indigencia política y dialéctica que denota la expresión "españolizar Cataluña" renueva una vez más la vitola del absolutismo peninsular; aquel que históricamente se apropió en exclusiva de la única manera posible de entender España. Es lo que tiene la concepción de un país como imperio católico; que sus centinelas continúan siglos después, sin aprender a interpretarlo desde la filosofía.

Accede a la caricatura de Wert: Wert españolizador