22 de enero de 2013

Sor María

Hubo un tiempo próximo en España donde los bebés no morían, aunque de hecho, sí lo hacían para sus verdaderos padres. Decía Unamuno que "en la vida no nos es posible querer ser otro". Podemos desear ser más sabios, más guapos, más altos, pero nunca renegaríamos de nuestra más íntima esencia, nunca desearíamos dejar de "ser yo". Gracias a personas como Sor María, muchos bebés nacían condenados "a ser otro", a ser aquello que nunca hubieran deseado ser. Sor María se encargaba de arrebatar a las madres sus hijos recién paridos.

La figura de la monja invita a la literatura. Quién sabe si cual estampa de Hitchcock, aguardaba cada nacimiento en su mecedora. Quién sabe cuántas veces con aparente indolencia, llegó a contemplar la previa asistencia de las matronas antes de ejecutar un nuevo secuestro o si incluso llegó alguna vez a recibir en persona la tierna mercancía de entre los muslos de su madre para acto seguido desaparecer como un espectral fantasma.

Para Sor María, robar recién nacidos a madres que no comulgaran con su sentido de la ejemplaridad cristiana, significaba el único modo aceptable de construir un mundo mejor. Su compromiso con el altísimo no residía en separar el bien del mal, sino en causar el mayor mal imaginable. Y es que para ciertos amantes de Dios, la mera creencia garantiza de por sí toda recompensa. Pederastas, genocidas o robaniños, en el cielo hay sitio para todos. En palabras de David Hume, "hasta el portero que se emborracha con ginebra a las diez de la mañana debe ser inmortal; es menester conservar la escoria de todas las épocas"