15 de marzo de 2013

El fin de las apariencias

Las Revoluciones que alumbran el siglo XX obligan a los gobiernos continentales a tomarse en serio la edificación del Bienestar. Para abordar dicha tarea, entre 1923 y 1930 en España, el general Miguel Primo de Rivera escoge a la UGT, con Largo Caballero como Secretario General de Trabajo y al PSOE como único partido de orden admisible. Al dictador le gusta la moderación socialista y busca ganarse a la clase trabajadora, legitimándola como brazo de Estado y única "izquierda admisible". El socialismo español se erige en niño mimado del régimen en consonancia con su línea centrista (no agresora de la España estamental y las grandes fortunas), para disgusto de los sindicalistas católicos: “gobiernan las ideas católicas, pero no los trabajadores católicos”.

Durante la Segunda Republica los resultados electorales de 1933 se ofrecen (hemeroteca de ABC) en "izquierdas", "derechas" y "socialistas". Ni el PSOE, ni Largo Caballero veían con buenos ojos su alianza con las izquierdas, negándose a concurrir "en bloque" (cuando ya ni siquiera figuraban en él los anarquistas) o incluso a desmarcarse posteriormente de las convocatorias a la Huelga General. Sólo al final, la vanidad y la promoción personal hicieron virar las posturas del líder socialista hacia un frente popular común.

No es ningún secreto que durante el franquismo, la única resistencia clandestina efectiva, real, organizada contra la dictadura, procederá con carácter general, desde la perspectiva marxista (científica o filosófica) situada a la izquierda de un centro de gravedad socialista cuya "integración en el régimen" se encauza de manera natural en el único hábitat posible por aquel entonces.

Con la llegada de la democracia, el argumentario de las políticas socialistas convergentes hacia el consenso global (neoliberal), contrasta sin embargo con la recurrente descalificación que la derecha ha dedicado a su tradicional rival. ¿Por qué razón la sociología conservadora sataniza un posicionamiento político tan similar al suyo? El recelo tradicionalista hacia la otra España, nunca ha radicado en su disenso socioeconómico, sino en su aparente aconfesionalismo avant la lettre (ni siquiera praxis laicista), carente de un compromiso explícito y militante desde la fe católica.

La impostura bipartidista advierte ahora sobre los Populismos. Sus protagonistas no encuentran otra salida que la descalificación para preservar sus posiciones. Hace tiempo que no creen en nada, salvo en sí mismos. ¿Se han mostrado a la altura; creen estarlo ahora? ¿El principio democrático descansa en representar la voluntad del pueblo o en traicionarlo? La sociedad se expresa de manera infatigable, multiplica acciones y se manifiesta dentro de los cauces legales siendo ignorada reiteradamente. Una y otra vez demuestra perseguir la paz mientras sus dirigentes la empujan a la violencia. ¿Quién propicia el estallido social sino un sistema adulterado cuyo único merito es ofrecer cebada retórica y servil? ¿Quién propicia la violencia cuando se aboca a las personas al suicidio, al desahucio, al drama, cuando se aristocratiza el derecho de la sociedad a la educación, a la salud o a la justicia, cuando se estrangula su Bienestar?

Las causas del hundimiento socialista en España y buena parte de Europa, poco o nada tienen que ver con las ideas que en teoría han de corresponder a su praxis política. Vienen precisamente de no ejercerlas. El PSOE es lo que es, tras aceptar históricamente las reglas de juego de la filosofía política neoliberal, para luego travestirse de cara a la galería, con un telón rojo de fondo en campaña electoral. No es que la vieja superestructura se haya venido abajo. Al contrario, ha consentido en ser devorada. En palabras de Marx, huelga cualquier esfuerzo, pues "el capitalismo se devorará sólo a sí mismo". Asistimos a una falsificación de la Política en manos de una Revolución aristocrática global dispuesta al ensayo hasta sus últimas consecuencias.  Faltan líderes capaces de generar conciencia social. No es el Populismo sino el Populismo neoliberal lo que hay que combatir. La amenaza no descansa en una alternativa necesaria, sino en la pervivencia de esta grotesca mascarada.