8 de junio de 2013

Parrilla de salida

Emilio Botín saluda a cámara antes de dar inicio la carrera. Sabe que empatiza con los espectadores. Quien no es consciente de a qué clase pertenece, tampoco reconoce a su antagónico, a la clase dominante que busca mantener sus privilegios a costa de la dominada. La calva más simpática del circuito tiene indicación de saludarlo y Botín pronto obtiene su perseguida asimilación popular: todos estamos con el campeón porque todos somos iguales; los prescriptores y los creyentes de nuestros diagnósticos.


Es sabido que el secreto histórico del dinero está en que nunca desaparece, sólo cambia de manos. Mientras el gobierno, [sin mirar a las grandes empresas, al capital o las grandes fortunas], se dispone a aprobar una reforma de pensiones que deje de actualizarlas con arreglo al IPC y las disminuya progresivamente en función de la esperanza de vida, uno de los últimos informes de atribuciones del Banco Santander viene de publicar que a Alfredo Sáenz (por nombrar algún ejemplo) le corresponde una pensión de jubilación de 88 millones de euros. 

Ciertamente, como toda entidad financiera en libertad, Botín preside una sociedad anónima que se debe a sus accionistas y estatutos, y lo hace con arreglo a ley. Una ley que emana en Europa y en España, de los representantes escogidos por una sociedad que no vota (250 millones de abstenciones en las últimas Europeas) o lo hace en contra de sus intereses. Como dice la delegada del gobierno en Catalunya, hemos de proteger a los ricos y sus fortunas porque a fin de cuentas, "ellos son los que gastan".