30 de julio de 2013

El holocausto español

En pocos meses, "El holocausto español" se ha convertido en referencia de lo ocurrido en España hace apenas 75 años. Sus primeros capítulos son imprescindibles para entender el odio incubado y de qué manera se llega a gestar la absoluta polarización de la sociedad en dos bandos. Un libro fundamental para comprender al detalle la España de ayer y de hoy.

Gil Robles había declarado que "sólo eran admisibles las concesiones nacidas de un espíritu cristiano". Desde dicha lógica, uno de sus nombramientos al llegar al poder es el de Giménez Fernández como ministro de agricultura; un hombre de orden y experto en derecho canónico. Paradojas de la vida, el apostólico ministro no olvida el predicamento de sus evangelios y considera que la propiedad debe ser compatible con una mínima función social. Tras anunciar alguna tibia medida en este sentido (1), el 16 de octubre de 1934 se presentan en su casa un grupo de propietarios de Cáceres, acompañados por tres diputados de la CEDA, y cuatro del partido radical, así como el presidente de la asociación aristocrática terrateniente. En su diario, Giménez Fernández describe la ferocidad de la amenazadora visita. El conservador ministro será difamado, descalificado, tachado de bolchevique y de marxista disfrazado. Gil Robles lo lamina de inmediato.

No es posible comprender la Guerra Civil sin referirse al conflicto de clases. Desde la incendiaria retórica de sus medios, la España más conservadora convierte la defensa de sus intereses, en cruzada de los valores occidentales contra un imaginario contubernio marxista y judeomasónico en la sombra. La miseria asola un país donde los grandes terratenientes y la Iglesia son los únicos propietarios de la tierra. Los defensores de los viejos privilegios califican a los asalariados descontentos, a los campesinos, a los mineros o a los jornaleros de "escoria, podredumbre, basura o chacales contra los intereses de la patria". Cualquier insinuación por parte de intelectuales o sectores moderados buscando renovar la sociedad se convierte en una blasfemia proveniente de "judíos traidores, hijos de Sion". 

Durante los dos primeros años del gobierno progresista-moderado, las nuevas bases laborales de la República buscan sin embargo legislar, establecer derechos y deberes entre los españoles. Baste el ejemplo del campo: hasta ahora, los jornaleros reciben un ínfimo salario que data de comienzos de siglo. De la noche a la mañana, se establece pagar cuatro pesetas por una jornada que debe ser de ocho horas. Los terratenientes no dan crédito: supuestamente llegan a pagar hasta 75 céntimos reclutando "siervos" de sol a sol en una España hambrienta, hedionda, enferma de tuberculosis, que es remunerada a capricho y busca por las noches alimentarse de las olivas y las bellotas destinadas a los cerdos en las fincas. Hasta ahora reclutan mano de obra al azar de entre quien "suplica al señorito de rodillas" o entrega su voto futuro al cacique de turno. Cualquier protesta era reprimida a tiros. Nadie había osado imponerles un listado sindicado que propiciara ordenados turnos de contratación.

"Debería ser de lectura obligada"
Ángel Viñas

Junto a las nuevas legislaciones, se persigue una descentralización que reconoce la pluralidad del país, se proyecta la reforma agraria, la religiosa, la militar o un nuevo proyecto educativo. Se reconoce la función social de la tierra, el laicismo, el respeto a otras religiones, los derechos de la mujer, el divorcio, se abren modernas escuelas que hablan de ciencia. Un triple salto mortal sin red. De la noche a la mañana, el país más atrasado y reaccionario de Europa busca convertirse en su más audaz referencia de vanguardia. Es sencillamente, una misión imposible. Sin saber cómo, Satanás se ha apoderado de España. Es preciso salvarla al precio que sea.

(1) Buscando una cierta dinamización de la propiedad, el ministro había anunciado su intención de establecer algún tipo de límite máximo sobre la cantidad de tierras que podría llegar a poseer un sólo individuo.