2 de agosto de 2013

El Papa recupera la memoria de Óscar Romero

Uno de los primeros gestos del Papa Francisco ha sido "desempolvar" la causa de beatificación de Óscar Romero, bloqueada en los archivos vaticanos desde 1994. 

En Brasil, una dictadura militar toma el poder en 1964. Con ella, la represión, la censura, asesinatos al azar, desaparición de opositores, intelectuales, y la pasmosa pobreza de las masas. En 1979, dictaduras similares auspiciadas por EEUU gobiernan Chile, Argentina, Bolivia, Ecuador, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Paraguay. El propio México contempla a sus corruptos gobernantes aferrados al poder durante 50 años consecutivos. Muchos sacerdotes pagan con su vida el apoyo a los pobres. En la década transcurrida entre la conferencia de Medellín en 1968 y la reunión de Puebla de enero de 1979, decenas de miles de personas son asesinadas por las juntas militares de América Latina. Entre ellas, más de ochocientos cincuenta sacerdotes y monjas. 

Durante las décadas de los ochenta y noventa continúan las democracias adulteradas, los "contra-revolucionarios" a sueldo, los escuadrones de la muerte y en general, todo un entramado de impunidad institucional en regímenes de laboratorio impuestos por EEUU y el FMI donde la delincuencia política y la violencia militar, son requisito indispensable para seguir sosteniendo el secular saqueo de los recursos y riquezas de América Latina. 

La capacidad de asombro se agota pronto al comprobar el grado de complicidad, cuando no de colaboración, que la Iglesia católica ha brindado en los capítulos más infames de la historia (1). Lo ocurrido en América Latina no es una excepción. Muy pocos hombres lograron romper el siniestro silencio mediático de los “sistemas democráticos en libertad” auspiciados por EEUU en su patio de atrás y respaldados por el Vaticano. Denunciar la ignominia les costó la vida. Uno de los casos más conmovedores fue sin duda el del cardenal Óscar Romero.

En 1977, Monseñor Romero, una persona de perfil tranquilo, se ha convertido ya en arzobispo de El Salvador. Los grandes terratenientes, así como la abrumadora mayoría de sacerdotes católicos romanos, suponen que Romero es uno de ellos, pero dos hechos van a transformar al nuevo arzobispo. El primero, contemplar in situ la matanza de una muchedumbre que protestaba indignada por la corrupta elección del último dictador de turno. El segundo, el vil asesinato de su amigo, el padre Rutilio Grande. Con un país sumido en la pobreza, el Padre Grande denunció que los perros de los terratenientes comían mejor que los niños campesinos cuyos padres trabajaban en sus campos. No pudo decir nada más. Romero también tuvo tiempo de constatar cómo en apenas un año, doscientos de sus feligreses estaban ya muertos. En El Salvador un millón acabaron huyendo del país y otros tantos se quedaron sin hogar. Al resto les tocó la represión o la muerte. Hasta 75.000 salvadoreños fueron arbitrariamente asesinados.
Monseñor Romero comenzó a denunciar la represión. Quería saber dónde estaban los desaparecidos que sus familiares no podían enterrar. Se preguntaba en público quién daba las órdenes a los escuadrones de la muerte y quién apoyaba al gobierno de su país en dichos actos. Llegó a escribir al presidente Carter pidiéndole detener la ayuda militar del gobierno estadounidense, “porque está siendo utilizada para reprimir a mi pueblo”. De la noche a la mañana, la prensa comenzó a atacarlo. Todos sus compañeros obispos, con una sola excepción, lo denunciaron a Roma por “aliarse con el comunismo”. Cuando Romero comprobó que la lucha contra él, se gestaba también en el Vaticano, pidió de inmediato audiencia a Juan Pablo II.

Romero viaja a Roma en 1979. En el Vaticano le dan un trato vergonzoso. Con la intención de esquivarle, y esgrimiendo mil y una excusas, Wojtyla llega a retrasar la cita hasta cuatro semanas. Esperaba que Romero se cansara de esperar. No lo conocía. Un 7 de mayo no tiene más remedio que recibirle. El arzobispo de El Salvador lleva siete gruesos expedientes de evidencias económicas, sociales y políticas sobre lo que ocurre en su país. “Santo Padre, ¿cómo puedo buscar un entendimiento con un gobierno que ataca a su pueblo, que mata a sus sacerdotes, que viola a sus monjas?”. El Papa no quiere escucharlo. Un año después Romero vuelve a visitarlo en vano. Lo hace por última vez. Wojtyla se despide de él con un: “rezo todos los días por El Salvador”. Además de rezar, sus planes para Romero estaban listos. El polaco le ocultó que Franjo Seper, -su prefecto para la Congregación de la Doctrina de la Fe, antigua Inquisición-, había dispuesto ya su “reasignación" para alejarlo de su pueblo. Ni siquiera hizo falta aplicarla porque en apenas dos meses los escuadrones de la muerte tenían también asignado un nuevo objetivo. Óscar Romero era acribillado en plena misa por los matadores de Roberto d'Aubuisson.

Juan Pablo II nunca quiso reconocer a Óscar Romero como mártir, ni dio paso alguno por rescatar su memoria. El polaco sí dio crédito sin embargo a una improvisada “teoría” propuesta por el principal enemigo de Romero, el obispo ultraderechista López Trujillo. Sostuvo Trujillo que Romero fue asesinado por “izquierdistas” que, conscientes de cuánto era querido por el pueblo, buscaban con su muerte provocar revueltas. Pasados cuatro años, Wojtyla ascendió a López Trujillo nombrándolo cardenal y éste terminó por ser considerado en círculos vaticanos entre los "favoritos" del papa. En 1994, por clamor popular, la Arquidiócesis de San Salvador pidió que se iniciara el proceso de canonización de Óscar Romero. Tras permanecer el caso ignorado con Wojtyla y Ratzinguer los últimos 20 años, uno de los primeros pasos del Papa Francisco ha sido desbloquear la causa de beatificación de Óscar Romero.

(1) Baste señalar en este sentido el clásico de John Cornwell sobre Hitler o la vasta labor de Karlheinz Deschner. Además de su enciclopédica "Historia criminal del cristianismo", Deschner nos deja célebres best sellers como su "Opus Diaboli" o "La historia de los Papas" entre otros.


- La documentación para este artículo está tomada desde "El Poder y la Gloria" / David Yallop