19 de diciembre de 2013

Historia de un éxito

Josep Ramoneda

La democracia al revés. Los que gobiernan solo miran hacia arriba, como si la soberanía ya no estuviera en la ciudadanía. Y esta se siente tratada como un incordio inevitable, de ahí la desconfianza. Los gobernantes viven en la creencia de que los perdedores son invisibles y no cuentan. Pero cuando la parte de la sociedad que lo pasa mal es mucho mayor que la franja de los integrados que han trampeado la crisis sin apenas enterarse, la invisibilidad es pura utopía. El gobernante prefiere los indicadores numéricos que no tienen rostro ni sufrimiento. La realidad le resulta obscena y trata de minimizarla con la propaganda.

El Gobierno habla de éxito. Así lo está proclamando cada día Rajoy entre nosotros —“España está mejor que el año pasado y peor que el año que viene”— y así espera proclamarlo al mundo entero a partir de la visita a Obama en enero. Con cuatro millones de personas en el umbral de la pobreza energética; con una devaluación de los salarios que está rompiendo la sociedad hasta llevarla a los peores niveles de desigualdad de la zona euro; con el trabajo como un bien cada vez más escaso; con un paro juvenil que condena a los jóvenes a no emanciparse (el 38% de los que tienen entre 25 y 34 años viven con los padres); con los mileuristas rebajados a sueldos de 700 u 800 euros, ¿de qué éxito se trata?

Es la historia de un retroceso, favorecido por el suicidio ideológico de la izquierda en las dos décadas anteriores, que nos ha dejado sin alternativa. Una austeridad distribuida de modo nada equitativo, con manifiesto castigo a los salarios medios y bajos, nos está conduciendo a situaciones de miseria y precariedad que este país creía haber abandonado hace décadas. El Gobierno busca consolidarse por la vía del férreo control social. El jefe de la policía, Ignacio Cosidó, ha reconocido que la ley de seguridad no responde a ninguna demanda social. Es una apuesta ideológica que nos retrotrae a aquellos tiempos en que a la seguridad ciudadana se la llamaba orden público. El ministro Fernández Díaz quiere comprar unas tanquetas que lanzan chorros de agua contra los manifestantes. Un icono de los peores sistemas represivos. Si añadimos la ley Wert como símbolo de la involución autonómica y la ley Gallardón sobre el aborto como signo de la restauración moral, no hay duda sobre el éxito que busca el Gobierno: el regreso a la España excluyente que trata a los discrepantes como irresponsables y al que se atreve “a ser él y enseñarse tal como es”, para decirlo al modo de Camus, como enemigo. El único éxito posible saldrá de la capacidad de resistencia de los ciudadanos.