14 de marzo de 2014

Rodolfo Ruiz

Ingeniar y alimentar una conspiración desde la nada, sin prueba alguna, obliga a sus responsables a señalar más pronto que tarde, una causa que la soporte, un cabeza de turco en quien descargar el delirante castillo de naipes ingeniado para modificar la realidad. La persona escogida: alguien humilde, sin poder ni capacidad para la respuesta. Alguien a quien arruinar la vida y con suerte enviar al río del olvido sin demasiada resonancia. El 11-M de 2004, el comisario de policía Rodolfo Ruiz y su familia se convirtieron también en víctimas de la España más vil y abyecta.

Esa mañana Rodolfo Ruiz, comisario del cuerpo de policía de Madrid, recibe la noticia de unas explosiones en el tren de cercanías estacionado en el Pozo del Tío Raimundo. Vallecas es su jurisdicción y se pone a trabajar. La jornada le depara el mayor atentado yihadista sufrido en Europa hasta la fecha. Tras pasar el día evacuando a las víctimas y atendiendo a los heridos, Rodolfo Ruiz llega a casa a media noche para cambiarse e intentar descansar. Recién acostado recibe una llamada de importancia; se ha encontrado sin explotar, una de las mochilas-bomba colocadas en el tren. Por orden del juzgado de guardia, su comisaría es la designada para conservar todos los objetos personales derivados del atentado. Ruiz avisa de inmediato a los Tedax y sin dormir vuelve a dirigirse a su puesto de trabajo. Cuando llega, la mochila ya no está. Los Tedax se la han llevado a zona abierta para desactivarla.

En realidad, Rodolfo Ruíz ni siquiera llegará a ver la mochila, salvo días después gracias a la prensa. La bomba supone la evidencia de la autoría islámica y descarta de inmediato cualquier otra sospecha. Pero la derrota electoral del partido en el gobierno tres días después, cuando los sondeos anunciaban su victoria, desata las iras de los más reaccionarios. Al comisario lo acusarán de formar parte de una conspiración -alimentada por oscuros resortes del Estado con conexiones terroristas-, y de haber colocado él mismo la bomba en el tren por orden de otro supuesto superior suyo sin identificar. Jiménez Losantos desde la COPE -radio de la Conferencia Episcopal presidida por Rouco Varela-, iniciará una delirante caza de brujas, acusándolo de "colaborar en la masacre criminal", y de "inundar de pruebas falsas el sumario del 11-M". 

De la noche a la mañana, Rodolfo Ruiz se convierte en un apestado que teme incluso por su vida. Su mujer y su hija comienzan a ser insultadas al salir a la calle. Un reciente ascenso de comisario jefe a comisario jefe de información, le ha supuesto a Ruiz un incremento salarial de apenas 100 €, pero Pedro J. Ramírez, sumado a la cruzada, denuncia el "trato de favor" al comisario por "comportarse de manera delictiva" en la masacre: "es el equivalente a los privilegios que recibían Amedo y Domínguez"; "la conciencia de Rodolfo Ruiz es así de porosa, como las bolsas de polietileno"; "con esta suculenta jubilación su condición psicofísica mejorará sustancialmente". 

Rodolfo Ruiz fue sometido a un linchamiento insoportable que arruinó su vida personal y profesional. Un humilde comisario madrileño, que como Josef K en El Proceso, ni siquiera alcanzaba a comprender el infierno por el que estaban pasando él y su familia. Su mujer, Magdalena, no pudo soportarlo y acabó suicidándose. Su hija tuvo que someterse a tratamiento cayendo en la depresión. Rodolfo terminó sufriendo un infarto y tuvo que dejar de trabajar. Hoy vive gracias a su prejubilación. Nadie nunca le ha resarcido ni pedido perdón. Sus acusadores y el coro de centinelas sumados a la teoría de la conspiración, continúan fiscalizando o absolviendo al país según la particular adscripción de cada cual. En sus tertulias aún exigen saber toda la verdad.