21 de abril de 2014

García Márquez en cuatro apuntes

José Martí Gómez

1: La entrevista: hablando de la luna
Un día, a mediados de la década de los setenta, Camen Balcells colocó en una habitación de su oficina unos búcaros con preciosas rosas amarillas y en aquella habitación me senté junto a Josep Ramoneda para entrevistar a García Márquez, en la que creo era su primera entrevista en España tras haber dejado Barcelona. Lo de las rosas amarillas tenía su razón de ser. García Márquez siempre creyó que le traían suerte.

De entrada dijo.
-Estoy acojonado: no me gustan nada las entrevistas.
Yo le dije:
-Para acojonados nosotros.
Él dijo.
-Entonces estaremos cómodos. La mejor entrevista que me han hecho me la hizo un tipo al que no vi nunca. Estaba tan bien hecha que no pude desmentirle nada.
Yo le dije:
-Dicen que como reportero usted también inventaba lo suyo. Incluso que se inventó una manifestación.
Se explicó:
-Más bien sucedió que traté de modificar la realidad. Yo creí que aquella manifestación debía hacerse y como no la hacían por pasividad la inventé y la escribí. La manifestación debía hacerse. Debía ser real porque reales eran los motivos para convocarla. A veces lo inventado es mejor que lo real. Lo que interesa es que aporten algo nuevo a la vida de las gentes que no son felices.
-¿Siempre se quiere la luna?
-Y se puede alcanzar, ¿no? Lo que pasa es que cuando se llega allí, como está sucediendo con la luna real, cuando se alcanza resulta que no hay nada.
-Y entonces llega la infelicidad…
-Pero es posible pensar que hay otra luna, ¿no? No puedo aceptar como  dogma que la infelicidad es consustancial al individuo. Son infelicidades  sociales, imperfecciones de tipo culturales que nunca se superarán del todo pero no puedo aceptar que sean consustanciales con el ser humano.
-¿Que le hace infeliz?
-La fama. Es un permanente germen de infelicidad incluso cuando tengo un accidente de coche. Choqué un día con otro vehículo y el conductor,  al reconocerme, me gritó: “¡Vete a escribir, jodido, que es para la único que sirves!”.
(La entrevista de diez folios se publicó en el magazín de El País)

2: Vicente Rojo y la portada que se perdió por Macondo
En el estudio de la barcelonesa calle de Petrixol, en el que se refugia cuando vuelve a su Barcelona natal desde el México al que se exilió con su familia en 1949, el pintor Vicente Rojo me contó que por encargo de García Márquez, del que era íntimo amigo, hizo la portada para la primera edición de “Cien años de soledad”… pero fue portada de la segunda. Lo explicaba así:

“Mi portada no llegó a tiempo. la remití por correo a Editorial Sudamericana, en Buenos Aires pero, ignoro por qué, el correo se detuvo. Siempre digo que esa portada debió parar algún tiempo en Macondo tratando de saber si la aprobaban los macondeses. El caso es que la portada de la primera edición se tuvo que improvisar. Creo recordar que se veía una especie de barco metido en una selva. Esa primera edición se vendió muy rápido y cuando se preparó la segunda mi portada ya había llegado. Siempre que explico que soy el autor de la portada de la primera edición de Cien años de soledad porque soy el primero que la hice pero no fue la primera que apareció la gente se queda algo confusa. En mi portada resumí una serie de elementos a través de unas etiquetas azules con unas pequeñas viñetas que dieran visualmente a la portada un carácter popular. Incluso las letras estaban hechas como las haría un pintor de rótulos para tiendas”.
(La entrevista se publicó en el magazín de La Vanguardia

3: Josep Vinyes, el hermano de Ramón
En su piso de la Diagonal Josep Vinyes me contó, un día de 1982:
“Un atardecer cogí Cien años de soledad, libro del que me habían hablado muy bien y cuando leí que un personaje decía “Collons, me cago en el canon 27 del sínodo de Londres”, me dije “recollons, este es tu hermano Ramón”, encendí un habano y me pase toda la noche leyendo el libro, hasta terminarlo. Ramón, “el sabio catalán”, era hermano por parte de padre. Se había marchado a Colombia en 1913, cuando Catalunya se le quedó pequeña, y volvió en 1950. Murió dos años después, aquí, en este piso, y mi madre fue la que le cerró los ojos. Lo enterramos en Montjuïc pero un día, leyendo sus papeles, leí que había escrito que le gustaba el cementerio de Berga porque sobre cada tumba vuela una mariposa, así que compré un nicho y trasladé su cadáver. Cuando vivía en Barcelona  García Márquez quiso conocerme. Me explicó que mi hermano  siempre le decía que debía escribir una novela y un día, paseando por una calle de México, se detuvo ante un semáforo y le dijo a su mujer “Ramón tenía  razón: voy a escribir una novela que se llamará Cien años de soledad y el sabio catalán será una de los personajes. Así empezó todo”.
(La entrevista con Josep Vinyes se publicó El Periódico)


4: El éxodo del boom
A finales de la década de los cincuenta un joven escritor llamado Mario Vargas Llosa llegaba a Barcelona en el trasatlántico Verdi. Años después se marchó como llegó: en el mismo barco, que en el momento de zarpar soltó por los altavoces el pasodoble Dama de España y manola. La foto de la despedida la hice yo con una cámara que me pasó Carmen Balcells. En la foto posaban la propia Carmen, Mario, García Márquez, Jorge Edwards y José Donoso. El boom al pleno, en su última aparición pública. Con el tiempo, García Márquez marcharía a México, Edwards regresaría a Chile y Donoso moriría. La amistad que les había unido hacía tiempo que se había quebrado a raíz de las diferentes posturas adoptadas frente al régimen de Fidel Castro. Posteriormente y a partir de un incidente del que nunca se han aclarado las causas, Vargas Llosa y García Márquez rompieron su relación personal. De los años de amistad quedó el ensayo Historia de un deicidio, en el que Mario analizaba la obra de Gabo.
(Síntesis de diversas notas que publiqué en El Correo Catalán)

Fuente: La Lamentable
1-. Vargas Llosa, Donoso y García Márquez en Barcelona con sus respectivas esposas: Patricia Llosa, Mercedes Barcha y Pilar Donoso.