15 de octubre de 2014

Romper el hechizo


"La democracia termina cuando la gente tolera el crecimiento del poder 
en manos privadas, al punto de convertirlo en algo más fuerte que el propio Estado"
Franklin D. Roosevelt

En la antigua Grecia, el idiotismo definía a quienes sólo miraban por sus intereses particulares desdeñando el bien común. El enemigo de la sociedad, de lo público, era el idiota. En nuestro tiempo, los responsables de lo público, son apologetas de lo privado. El gobierno y su presidente, emulador de estirpes, certifican que España vuelve a ir bien. ¿Brotes verdes? “¡Vigorosas raíces!, somos el ejemplo del mundo", reiteran. El país no sólo ha superado la crisis; aún es tiempo de oportunidades, de reformas estructurales, de asestar el golpe definitivo a la ley, de ver por fin colmadas las expectativas. Les queda un año y deben apresurarse. El arte consiste en guardar la apariencia de legalidad. Nadie podrá probar que no son inocentes. 

Los resultados a la vista están y no les falta razón. ¿Quién dice que no lo están haciendo bien? Jamás lo hicieron mejor. Las cifras macroeconómicas son excelentes. Así lo atestiguan banqueros, grandes fortunas y grandes empresas. Nunca antes se obtuvieron mayores beneficios. Junto a la plana mayor del IBEX35, el máximo representante de la soberanía popular sonríe satisfecho. Ha resultado una política audaz y valiente; serán debidamente compensados. La aristocracia global ríe, el capital ríe, ríe el FMI y la Banca privada; hasta a algún ministro se le escapa la risa. En verdad la fe no conoce límites. "Aún creen realmente que gobernamos para ellos" parecen decirse. ¿Dónde reside pues el malestar? ¿Dónde la contradicción? ¿Acaso alguien esperaba una política distinta a la realizada? 

Lo importante es seguir alimentando la metafísica, el misterio: Europa, Bruselas, La Comisión... El nombre de Troika es acertado; un tanto inexplicable, impresiona la imaginación de las gentes: "sin duda se esmeran y desean nuestro bien". Una turba de escribas y vocingleros a sueldo sostiene las consignas, se adueña de las tertulias; los dueños de la opinión publicada certifican la única visión posible de la realidad. Qué decir de valores como Libertad o Democracia. La catequesis neoliberal garantiza una razón sin fisuras. ¿Es que no vivía el pueblo, irresponsable, por encima de sus posibilidades? ¡Con qué desfachatez pasaron algunos de la pechuga al bistec! He ahí la clave del hundimiento.

Pero al igual que la flor viva termina emergiendo sobre la piedra, la dialéctica termina imponiéndose a la metafísica. Se abre camino la filosofía. Es la necesidad la que despierta al hombre, preso en su oscura caverna. Para Aristóteles, el motor que impulsa al hombre a filosofar no es otro que el asombro. Hoy, el asombro lleva al hombre a preguntarse cómo es posible que lo bueno sea malo, que la decencia resida en la indecencia, que lo legal sea ilegal. La sociedad, asombrada, pierde la fe en sus prescriptores. Se instala por fin la reflexión, el examen riguroso. Los efectos del hechizo se desvanecen. Toca expulsar a los impostores de lo público. No es de extrañar que éstos no encuentren otra salida que el insulto y la descalificación. Viéndose amenazados, la razón se convierte en revolucionaria.