15 de diciembre de 2014

España como anomalía

Juan Antonio Molina
La derecha en España siempre fundamenta su poder e influencia política y social en forzar las hechuras de la nación hacia la anomalía. El dominio feudal de las élites económicas y estamentales y esa tendencia conservadora hacia el autoritarismo que, según Octavio Paz, desemboca en la dos formas predilectas de la esquizofrenia: el monólogo y el mausoleo, componen de forma determinante el propósito secular de los reaccionarios carpetovetónicos de que los ciudadanos siempre tengan que vivir como presente momentos históricos destinados a pasar. Es el viejo pecado que indicaba Ortega de hacer historia sin sentido histórico. Todo ello concluye en la elevación de los minoritarios intereses oligárquicos a la universalidad, es decir, a que se transfiguren alevosamente en los generales del país.

Banqueros y oligopolios, estraperlistas y corsarios de los negocios, configuran la “marca España” ante la cual la ciudadanía y todos los intersticios del Estado han de someterse con patriótica devoción para autoexterminio social  de las clases populares y expropiación fragante de todo cuanto representa la espontaneidad y la expresión de las mayorías en beneficio de unos pocos. Es un régimen de poder que viene sobreviviendo doscientos años deteniendo la historia y cubriendo el escenario de la nación con un atrezzo que haga creíble la falacia conveniente en cada momento. Fue el fascismo en los años imperiales sin ser fascismo; hoy es democracia limitada por las meninges de un entendimiento autoritario de la vida pública.

Un ecosistema político donde el balance de un banco está por encima de la vida y la dignidad de la gente común y de la centralidad ciudadana como sujeto histórico democrático. Es la consolidación del cinismo como razón de Estado, fuera del cual todo es radicalismo y demagogia. Los extremistas tildan de extremismo todo diagnóstico razonable y justo que ponga en entredicho sus intereses ideológicos. Y en esta ortopedia sistémica, tejida de propaganda y miedo fáctico, ¿puede la izquierda ser el verdugo que le pide perdón al reo antes de ajusticiarlo y la ciudadanía el reo que le da unas monedas al verdugo para que haga bien su trabajo? La escolástica y el pragmatismo son insuficientes para corregir a una derecha que viene convirtiendo desde hace siglos a España en una anomalía histórica y política. Nuestra nación, sentencia Azaña en 1923, es un país gobernado tradicionalmente por caciques. “En esencia, -escribe el político republicano- el caciquismo es una suplantación de la soberanía, ya sea que al ciudadano se le nieguen sus derechos naturales, para mantenerlo legalmente en tutela, ya que, inscritos en la Constitución tales derechos, una minoría de caciques los usurpe, y sin destruir la apariencia del régimen establecido, erija un poder fraudulento, efectivo y omnímodo, aunque extralegal.”
En el caso de la izquierda, su integración absoluta al sistema mediante el sesgo tecnocrático y la obsesión por desistir de constituirse en proyecto político alternativo en lugar de acrítico proceso de adaptación a una realidad ajena que estima inexorable y, por tanto, inmune al cambio, le lleva a pasar de ser un impulso transformador a una inhibición que acaba definiéndola. Para el filósofo checo Jan Patocka, somos nosotros los únicos que tenemos la posibilidad de relacionar las cosas con su propio sentido. Y no es ciertamente el momento de los gestores, tecnócratas y burócratas, que en lugar de dar sentido a las ideas de progreso se afanan en gestionar con eficacia un mundo que niega la idea de sociedad que la izquierda propugna. Ya no hay más vías que las ideas y la política. 

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