11 de junio de 2015

La batalla por el sentido común

Un viejo proverbio chino reza “según crees, así ves”. Kant nos recuerda: “vemos las cosas no como son en realidad, sino como somos nosotros”. Para Aristóteles, “el hombre sólo puede aprender en función de lo que sabe”. Mark Twain da otra vuelta de tuerca y pone el acento en la vanidad del hombre: “es más fácil engañar a la gente que convencerlos de que han sido engañados”. Ciertamente, toda opinión o creencia nace a partir de una cierta comprensión adquirida de la realidad. En su obra “La política y el Estado moderno”, Antonio Gramsci alude a la edificación de dicha comprensión; a la adulteración del sentido común hegemónico de una sociedad en manos de sus prescriptores: “cuando se forma en la historia un grupo social homogéneo, se elabora también, contra el sentido común, una filosofía homogénea, coherente y sistemática”. El ejercicio de la política no se limita así a la transformación de las estructuras políticas y sociales existentes; debe también librarse en el plano cultural, el de las hegemonías sociológicas y tradicionales que legitiman el dominio de los poderosos a ojos de los dominados.

¿Debe Europa disponer de un BCE con verdaderas atribuciones? ¿Adónde conducen las políticas de austeridad, sin excepción, desde aquel primer ensayo en el Chile de 1973?  ¿Es bueno para el individuo tener garantizada su formación o disfrutar de una Sanidad universal de calidad? Lejos de lo que pueda parecer, la respuesta a cualquier pregunta, por evidente que parezca, depende de lo que el sentido común otorgado a una sociedad permita interpretar. El Gran Wyoming suele responder con asiduidad que él no se considera ningún extremista: "procuro ser un hombre sensato y con sentido común; eso me convierte hoy en extrema izquierda". Wyoming simplemente conserva la capacidad de asombro; todo un revolucionario en un mundo invertido. Mientras escribo este artículo escucho a un migrante intervenir por radio desde Suiza: "los españoles llegan aquí hablando mal de España, pero yo soy un patriota". Lejos de los suyos y cerca de las bien merecidas cuentas de quien él estima sus compatriotas, el migrante no considera que el patriotismo que le han inculcado pueda llevar implícita una crítica.

Decía Einstein que es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio. El éxito del neoliberalismo ha radicado, primero, en la transformación de su antagónico: una vez el contrario participa de mis diagnósticos, el dilema desaparece; segundo, en la implantación de su particular sentido común: así como el filósofo es siempre antes teólogo, quien hoy lee a Marx, a Lenin o a Gramsci no es el pueblo ni proletariado alguno; sino las cátedras de Chicago, los discípulos de Friedman y Hayek, los creadores de la nueva sociología global; son ellos quienes conocen perfectamente a los clásicos, quienes tienen plena conciencia de clase, quienes buscan en definitiva prevenir la ciencia histórica, la espontánea expresión de la sociedad. En palabras de Robespierre “la educación es la mayor revolución”. Consumada la aristocratización de aquella, los medios de comunicación siguen siendo el instrumento definitivo para el asalto a la razón. Hoy día, las ideas masa encuentran su más sólido anclaje en unos mass media donde el rigor y la independencia han quedado supeditados a la lógica de sus grandes dueños.

Una vez inculcado el folclore filosófico, las ideas que sustentan dicha lógica se tornan impermeables, inmarcesibles a la crítica: es el sol el que gira alrededor de la tierra; lo vemos rotar, nacer y ponerse cada día, bajo nuestros pies. El último ejemplo del poder de la imagen lo hemos comprobado recientemente con la denominada “pena de telediario”. Pretenden nuestros gobernantes hacer desaparecer sus caras de la televisión una vez son detenidos por mandato judicial. La prensa escrita les importa menos. Ya lo decía Voltaire: “de diez personas sólo una lee, y ésta, lee novelas”. Saben muy bien que la indignación se propaga a través de la imagen. El hechizo sólo dura hasta verlos entrar en un furgón. El primer cordón sanitario a ojos de quien precisa ocultar lo que es, requiere de la in-consciencia de los demás.

Hoy día, pretender evitar el estado postdemocrático se torna radicalidad. El sentido común otorgado sigue ocultando que el actual marco es cualquier cosa menos una crisis. Al contrario, la emergencia de un mundo nuevo, con nuevas reglas, forjadas durante los últimos treinta años de hegemonía neoliberal; un nuevo orden que hasta morir de éxito -en palabras de Schumpeter- debe antes consumar su gradual proceso hacia un nuevo feudalismo de relaciones laborales. Adulterada la razón, todo se reduce a una cuestión de fe. Entre lo sensato y lo ultra sensato ya no hay alternativa. Sólo una vía para salir, sus recetas. “Creer es querer creer” decía Unamuno, y quien no sabe, precisa de un jefe que sepa lo que quiere y como conseguirlo; todo el mundo no puede estar equivocado. Cualquier otra alternativa nos precipita al bolchevismo, al desastre y al caos. La nueva democracia consiste en no disentir. Ya no hay dudas razonables.