16 de junio de 2015

Un país con mucha gracia

El humor es el último recurso que nos devuelve, inmisericorde, a nuestra natural condición, a nuestra animalidad. Detrás de todo tipo de humor, el sano y el negro, se esconde siempre una cierta porción de verdad, algo de nosotros mismos, la consagración de nuestras miserias. David Torres cuenta una divertida anécdota en la interminable cola de espera de Auschwitz: “¡Hay que reconocer que con los alemanes esto estaba mucho mejor organizado!”. El receptor de la broma, un judío amigo suyo, sonríe: “Eso es lo que yo llamo humor yiddish“.

Lo que consagra al humor es la risa. Un resorte impulsivo, instintivo; la prueba del nueve de que algo tiene gracia. Podemos reírnos por contagio u hospitalidad, pero el sentido del humor depende también de la educación que una persona haya recibido. No todo tiene gracia y no a todo el mundo le hacen gracia las mismas cosas. Conquistada la risa, se instaura una suerte de inconsciente legitimación de esa hipótesis. O no. Los creadores de un humor sin gracia saben muy bien que reírse de algo, implica en ocasiones relativizar el peso del mensaje, descargar de gravedad algo que quizá no merece ser elevado a la categoría de liviano. El humor sólo puede ser sano si todos nos vemos reconocidos en él, si todos somos incluidos.

España es un país con mucha gracia. Siempre he sospechado que el famoso gracejo andaluz conforma la rúbrica de una manera de entender la vida extensible a toda la península; la gracia y el salero llevan consigo una suerte de laxa facultad que busca disculpar el rigor y la ley. En la sublimación de lo trivial encontramos el anhelado vínculo que lo mismo sirve para adjudicar una obra pública que para tirar un tabique sin necesidad de licencia municipal. Esta suerte de poderío peninsular se extiende de Cádiz a Irún. Varían los acentos, quizá los flequillos, pero entre el “no preocuparse” dejándolo todo en manos del compadreo, y hacer algo “con dos cojones”, tampoco existe una sustancial diferencia. Se trata en el fondo de consumar la indulgencia, de ahorrarnos la normativa, de evitar el peritaje y la calidad. Con la gracia y el tronío que nos caracteriza, cerramos lo nuestro que luego si eso, ya nos confesaremos o portaremos el paso en semana santa.

Apenas han pasado 48 horas desde la toma de posesión de unos cuantos alcaldes dispuestos a dialogar sobre desahucios con los bancos y ya vemos cernirse al séptimo ángel madiático, trompeta en mano, anunciando el apocalipsis. Unos lamentables tweets escritos fuera del ámbito público hace cinco años, se convierten hoy en cuestión de Estado. Los chistes por los que Zapata ha dimitido no sólo no tienen gracia; lo más preocupante es que resultan estúpidos, burdos, sin brillo. Presta, la reacción esgrime todo su poder aunque por dentro se desternille de la risa. Sabido es que la ofensa es una condición subjetiva. Sentirse ofendido, alarmado, escandalizado, es también un acto de creación política.

El secreto del tradicionalismo peninsular radica en su firme convicción de que a la sociedad se la puede volver a engañar una y otra vez. Llevan toda la vida haciéndolo. “No hemos perdido nunca y lo sabes” que diría Julito. Alguien es capaz de imaginar, concebir siquiera, un país más allá de Zamunda donde una vez descubierta la morterada delictual del tesorero de la máxima autoridad ejecutiva del estado, ésta le responda: “Se fuerte, hacemos lo que podemos; ánimo y un abrazo”. ¿A que tiene gracia el tweet? Pues de ahí para abajo todo resulta mucho más divertido. Ni se inmutan. ¿Y éstos pretendían disputarnos el poder en unos meses? Es para partirse.