3 de agosto de 2015

De Waterloo a la nueva Internacional financiera

En 1789 la Revolución francesa termina con el Antiguo Régimen “buscando abolir en todas partes los restos de las instituciones de la Edad Media (1)”. Algo que la aristocracia continental no está dispuesta a consentir. “En 1793 Francia se ve enfrentada a una formidable coalición europea (la primera de las siete que se formarán en el transcurso de los veintitrés años siguientes) integrada por Austria, Prusia, Gran Bretaña, España, el Sacro Imperio Romano, Holanda, Cerdeña-Piamonte, las Dos Sicilias y diversos estados italianos menores (2)”. El campo de batalla deja de ser un negocio patrimonial entre reyes-propietarios que buscan acrecer sus territorios, para convertirse en una guerra de Ideas donde se dirime la lucha contra los órdenes feudales privilegiados: el nacimiento de la modernidad frente a los impuestos señoriales, la Razón frente a la Verdad, la aspiración de un hombre nuevo frente a las cadenas del pensamiento y la servidumbre.

Desencadenados

En Francia, la Revolución ha otorgado derechos, barrido los viejos privilegios y eliminado las exenciones de impuestos al clero y la nobleza. Los ejércitos napoleónicos derriban el Antiguo Régimen allá donde van: “El ejército francés viene a romper vuestras cadenas; el pueblo francés es amigo de todos los pueblos. Venid en confianza a su encuentro, y vuestras propiedades, religión y costumbres serán respetadas. ¡Soldados!, despertad al pueblo, entumecido por siglos de esclavitud (3)” proclama el Emperador. Cuando Napoleón entra en Madrid en diciembre de 1808 repone a su hermano José al frente de una monarquía constitucional con un gobierno de españoles, suprime la Inquisición y deroga los privilegios feudales. El huracán napoleónico promulga nuevas leyes, derechos fundamentales, desamortiza propiedades, elimina órdenes religiosas y crea nuevos sistemas de educación y justicia, abriendo el camino para la aparición de una nueva burguesía que vertebre la sociedad y haga olvidar la esclavitud y el feudalismo.

Dictamen sobre el Emperador

La Revolución francesa había quedado lejos de resultar popular; “la victoria de las masas no podía ser más que una victoria burguesa que descansara en la consecución de categorías civiles y no sociales: igualdad jurídica vs igualdad en el disfrute (4)”. En 1799, con un gobierno “en panne”, colapsado y expuesto a la reacción, Napoleón instaura su dictadura. El Imperio dejará tras de sí cientos de miles de vidas en su lucha contra el viejo orden, y es evidente que la empresa bonapartista, allá donde va, dista de ser altruista: además de entregar la Libertad a los pueblos, Bonaparte crea un sistema político que busca, como cualquier otro, controlar sus conquistas.

Pero Napoleón encarna la expansión de los valores revolucionarios. La religión, el feudalismo y la realeza han gobernado a Europa durante siglos y Bonaparte busca demoler el viejo orden en todo el Continente. El Emperador conquista con el Código Civil en la mano. Allá donde va otorga constituciones y derechos; invoca la Igualdad y la abolición de los privilegios. Por vez primera en la historia, la conquista encuentra partidarios y simpatizantes entre los conquistados: patriotas e intelectuales dan la bienvenida a un ejército que tumba a las elites estamentales. Se abole la esclavitud, se desamortizan manos muertas, se libera a los campesinos de impuestos señoriales y diezmos eclesiásticos.

¿A quién disgusta Napoleón?

Frente a las nuevas ideas, el oscurantismo, la feudalidad y las categorías medievales. Napoleón está rodeado de soberanos absolutos que tratan de impedir el despertar de sus pueblos. El populismo nacionalista se convierte en la égida de reyes, nobles y clero para preservar sus prerrogativas, para invertir la razón, para estafar a unas masas que, se beneficien o no, deben permanecer serviles. Es relativamente frecuente toparse en las plataformas globales con una perspectiva casi acerba hacia Napoleón: ególatra, dictador, imperialista, genocida... Dos siglos después, el odio de la Internacional aristocrática llega hasta nosotros en modo de rencor.

“¡Ah, si yo hubiese sido un Borbón nacido para reinar, qué fácil me habría sido no cometer ninguna equivocación! (5)”. Cualquier observador de la historia, mínimamente imparcial, puede someter a crítica a Napoleón y nunca faltarán argumentos, pero no es posible la condena categórica de Bonaparte a menos que lo que se persiga sea la Restauración, el regreso a la oscuridad y a la servidumbre de los pueblos. ¿Quiénes son y qué defienden los enemigos de Francia a comienzos del XIX? ¿Cuál es la alternativa a los valores revolucionarios que emergen hace dos siglos, por jerárquicos que éstos resulten? ¿Quién condena al usurpador de tronos sino la Internacional de soberanos absolutos? ¿Frente al lema: Libertad, Igualdad, Fraternidad, y la lucha contra la feudalidad, acaso hemos de optar por la defensa de los privilegios aristocráticos, el absolutismo monárquico de origen divino y la ley natural?

De la revolución civil a la social

Con la caída de Bonaparte, la contrarrevolución europea se cita en el Congreso de Viena. Sin embargo, y a pesar de la restauración continental, el mundo ya no será el mismo. “Yo implanté en Francia y en Europa nuevas ideas que ya no podrán retrotraerse (6)”. Durante dos siglos, Napoleón demostró no estar equivocado. En cierto modo, todo lo acontecido en el Continente a partir de 1789 debe encajarse en una suerte de necesidad histórica: la revolución de la igualdad civil en abstracto debía realizarse para luego poder desarrollarse la revolución social. En Francia, la definitiva aceptación de la burguesía en el poder en 1830, la revolución popular de 1848 y el episodio comunal de 1871, alumbrarán el segundo asalto a los cielos de la filosofía tras la Ilustración: el materialismo histórico y dialéctico como base de las revoluciones sociales que obligarán al Capital a consentir una mínima redistribución de la riqueza durante el XX, la denominada Europa del Bienestar.

Celebrando la Restauración

Entregada hoy la soberanía política a los banqueros, la revolución de las elites no precisa de regimientos o artillería. A la nueva Internacional, financiera y global, le basta con cerrar sus cajeros al discrepante. Una vez garantizada la progresiva laminación de derechos sociales, el lenguaje abona el terreno incluso para el desgaste de las categorías civiles: con motivo del 200 aniversario de la definitiva derrota de Napoleón en Waterloo el pasado mes de junio, la rencorosa Casa de la moneda real belga se viene arriba conmemorando la victoria de la Gran Coalición con la aparición de una moneda de 2,5 euros. Quién sabe si se trata de ir proclamando oblicuamente el triunfo de la Restauración y la oscuridad; el regreso a las cadenas de los europeos. Francia protesta y echa atrás la iniciativa. Los numismáticos cortesanos alegan que todo ha sido fruto de un error, una desafortunada ocurrencia... Sin necesidad de Viagra, y acaso incapaces de reprimir la euforia, ya habían mandado acuñar 180.000 monedas que deben ahora destruir. Antes se las reparten en privado para nutrir sus colecciones. Queda tanta historia por revisar, tantos derechos por laminar…

(1). Tocqueville. “El Antiguo Régimen y la Revolución”.
(2). Philip Dwyer. “Napoleón”.
(3), (5), (6). Emil Ludwig. “Napoleón”.
(4). Albert Soboul. “La Revolución Francesa”.
Ilustración: Christian Clavier en el rol de Napoleón.