30 de octubre de 2015

Juan de Mairena

Cuando Fernando VII estuvo retenido por Napoleón en Valençay, tuvo acceso a la magnífica biblioteca de Talleyrand: Rousseau, Voltaire, Montesquieu, Sieyes, D’Alembert, Diderot y su enciclopedia, los grandes filósofos… Ni caso. Junto al resto de su parentela absolutista, Fernando se pasó esos seis años entre fiestas de gala y jornadas de caza. Hacerle la pelota a Napoleón y pedirle una esposa con sangre Bonaparte resultó toda la inquietud del bastardo Borbón (1).

¿Tiene biblioteca el presidente del Gobierno español? ¿Debería tenerla? ¿Qué libros la nutren? Del mismo modo que los aspirantes a presidir los Estados Unidos de América han de pagarse de su bolsillo la campaña electoral que los impulsa a la Casa Blanca, no estaría de más por estos lares que hubiera de detallarse una cierta relación de los libros que nutren las bibliotecas de cada aspirante. Jamás se escuchó a Rajoy hacer alusión a grandes obras o grandes nombres más allá de Nadal o Contador. Pero a los viejos estantes, “algunas hojas verdes le han salido”. Ligero de equipaje, Pablo Iglesias le entrega al presidente algún libro de Antonio Machado. Empleando la terminología mariana, lo “serio y decente” hubiera sido añadir de inmediato: “te lo agradezco Pablo, pero francamente, dispongo de varias ediciones”. ¿Qué le habrá contestado el presidente?

1-. Fernando no era hijo de Carlos IV. Ninguno de los hijos de María Luisa de Parma lo fue, como ella misma desvelará a su confesor.