12 de octubre de 2015

Una España feliz

Mientras abandonaba el orfanato, Oliver Twist recordó las palabras de su compañero: “Seré feliz cuando me muera, no antes”. Él, sin embargo, estaba decidido a aferrarse a la vida. Ocurrió que la cocinera de su recién estrenado hogar resolvió el asunto de su alimentación con los despojos de carne que su nuevo amo dejaba en el plato. Quién iba a sospechar que toda esa inmundicia supusiera para Oliver una fuente de nutrientes. Nunca antes había tenido acceso a tan suculentos desperdicios y la renovada dieta propició su recuperación: “usted, señora, ha exagerado el plan alimenticio de este chico, le ha nutrido en exceso provocando en él esos ímpetus. Oliver tiene ahora un alma, un espíritu, y ¿para qué quieren los pobres un alma? Bastante hacemos con mantenerles la vida del cuerpo. Si no le hubiera usted dado de comer sino gachas, jamás hubiese acaecido esta monstruosidad; ¡no se puede ser generoso en este mundo!, porque el chico tiene mala sangre, procede, sin duda, de una familia de violentos”.

El Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) viene de publicar su barómetro correspondiente al pasado mes de junio. En él, observamos con satisfacción como ocho de cada diez españoles se declaran “felices o muy felices”. Sabido es que el hombre feliz no tenía camisa. Quién sabe si los descamisados, renacidos como Oliver de entre la indigencia, son los primeros, según el CIS, en mostrarse exultantes. El país es orégano. Ni siquiera los nórdicos alcanzaron nunca semejantes cotas de satisfacción. El gobierno tenía razón y los españoles, nimbados del prestigio que nos otorga nuestra asombrosa emergencia ante el mundo, sabemos por fin reconocer el esfuerzo de nuestros amantes dirigentes. ¿Acaso hay derecho al cambio tan cerca del Nirvana?