12 de noviembre de 2015

La desconexión catalana

"Por la rectificación” fue el editorial de La Vanguardia tras adquirir cuerpo solemne el proceso de desconexión en el Parlament de Cataluña. La escenificación de la votación con una cámara dividida en dos grandes mitades entre el silencio y el aplauso, escenifica un gesto impropio de la finezza catalana. El tiki-taka político catalán llevaba in crescendo desde la Diada de 2012 goleando a un adversario político a su merced, y entrenado a la vieja usanza. Pero la inercia de la hoja de ruta soberanista no ha sabido evitar los rápidos del río. Ya nos lo advertía don Quijote: “el camino es siempre mejor que la posada”.

Desguarnecido el centro del campo y volcados a la ofensiva, es cuando ha llegado el hat-trik mariano, igual de tosco y plano que siempre pero eficaz al contraataque. Si Cataluña proclama la república catalana, nuestro líder, como Amy Winehouse, dice “¡No, no, no!” con el respaldo del Constitucional. Quién sabe si el proceso catalán lleva encubierto el deseo de reelección de Rajoy. “¿Endarrera aquesta gent tan ufana i tan superba?”. Tampoco hay para tanto; cuanto peor mejor. Viva la retroalimentación.

De este modo, lo que está a punto de ventilarse durante las próximas elecciones generales ya no es un dictamen respecto a un imponente tinglado corrupto de 200 años; ni siquiera un pacto por el bienestar o contra la precarización. Una vez más España votará contra sus enemigos. Porque lo importante hoy, como hace cuarenta años y hace cien, es que España no se rompa. Acaso lo seguirá siendo dentro de otros cien años, porque de eso parece tratar este país: de garantizar las aspiraciones de sus élites mientras los capataces de éstas se erigen, (entre sobres, comisiones y mamandurrias) en los custodios particulares de la diversa grey peninsular.

La estirpe gobernadora

Josep Pla, nada sospechoso de izquierdismo como es sabido, tiene un pequeño diario sobre el advenimiento de la II República española. En él, además de sus jugosas reflexiones, el escritor catalán apunta alguna curiosidad respecto a los días 13 y 14 de abril de 1931: mientras el conde de la Mortera, Gabriel Maura, escribía de su puño y letra la despedida del rey preservando los derechos de la dinastía, su hermano, Miguel Maura, ya buscaba encarnarse en adalid del golpe de timón: “¡A Gobernación!”. –“Pero Maura, es usted un insensato; nos van a ametrallar” responde Azaña. Maura sin embargo tiene poco de insensato; al contrario, dispone de toda la información relevante de la que Azaña carece; por supuesto es buen conocedor de lo acontecido durante el consejo de ministros del día anterior, así como del resultado de la reunión entre Romanones y Alcalá-Zamora recién celebrada. Es el arte de la anticipación.

Difícilmente hubiera nacido la II República sin el visto bueno del moderantismo. “Escúcheme Pla; si la República es de derechas se mantendrá. Si la República es ortegiana, si es catalana, se hundirá fatalmente” le espeta Eugenio d’Ors rechazando cualquier fisonomía de estado que enfrente a la natural estirpe gobernadora (que diría Rajoy). Se trata, de un modo u otro, de conservar la sartén por el mango.

Zelotes y saduceos

Al igual que ocurrió durante el primer bienio republicano, al moderantismo catalán parece ahora escurrírsele el gobierno de las manos. La Diada de 2012 supuso un antes y un después en Cataluña. El President supo recoger la demanda de un gran cambio transformador. Si en la península se hablaba de regeneración, en Cataluña se hablaba del nuevo encaje que la posibilitara. Era en definitiva, el veredicto de grandes capas de la población respecto a un marco político considerado agotado, corrupto e incapaz de satisfacer el contrato social derivado de la Constitución de 1978. Artur Mas supo desmarcarse; él ya no pertenecía a la vieja política. En el camino hacia Ítaca no parecía existir un arriba y un abajo para el alma catalana, sino un antes y un después del 11-S de 2012. El tinglado institucional era perfectamente reciclable.

Lo relevante del proceso catalán radica en el aparente colapso de Convergencia y en la resistencia a investir a los viejos saduceos, colaboradores de Roma hasta ayer, por parte de la indignada bancada zelota. En Cataluña, la Estelada se ha convertido en familiar porque encierra una inexcusable demanda de dignidad y descontento frente a la adulteración de la democracia. La Estelada denuncia el mal gobierno, propio y ajeno; se rebela frente a la imposibilidad de construir una sociedad mejor; persigue un cambio real, verdaderamente democrático. Si la desafección no es absoluta, el sonrojo y el hastío sí están más cerca de serlo.

Y sin embargo no hace falta ser catalán para sonrojarse. La realidad es que el anhelo de un cambio en Cataluña, en España o en Europa, busca una traducción social que el neoliberalismo nunca podrá hacer suya; con o sin pactismos. Cataluña precisa de una respuesta democrática, como también la precisa el resto de España, y sobre todo, de una nueva generación política con voluntad real de cambio. Sólo tomando conciencia de que nos encontramos ante la revolución de una Internacional aristocrática y financiera podrá la ciudadanía defenderse del definitivo asalto a su bienestar.