16 de diciembre de 2015

Ilusionismo y materia

Erasmo publica su Elogio de la Locura en 1511. “Un divertimento” según el propio autor que pone voz a una particular divinidad: la Locura. El de Rotterdam alude en realidad a la estulticia; a la necedad o insensatez como rasgo principal de un género humano que raya en el absurdo. Su consecuencia final es una humanidad enloquecida. “¿Qué diferencia encontráis entre aquellos que, en la caverna de Platón, miran las sombras y las imágenes de los distintos objetos, no deseando nada más y complaciéndose en ello, y el sabio que salido de la cueva ve las cosas como son?” pregunta una desafiante Locura que nos recuerda a los rebeldes de la película Matrix buscando su emancipación.

La premeditada locura de nuestro tiempo descansa en enmascarar un nuevo fundamentalismo financiero revestido de aparente sensatez. Una depredación institucionalizada cuyo éxito radica en presentarse como ideología del justo medio. Decía Gramsci que la construcción del sentido común de una sociedad por parte de sus grupos hegemónicos no consiste sino en la adulteración de aquel. Se trata de consagrar la irracionalidad; de crear la legalidad que permita envolverse en impunidad. Es en definitiva, el desahucio del contrato social, garante de la convivencia, en aras a unos intereses particulares que ya se han apropiado de la política. ¿Son servidores de lo público o capataces del capital privado? Acaso hace tiempo que decidieron dejar de ser nuestros empleados.

El ilusionismo que elogia a una patria desangrada es muy consciente de que su transacción política sólo puede culminar en la estafa social de una gran mayoría de la población; en embaucar a la sociedad creyente en su buena nueva. Consagrada la distorsión, sólo queda acusar al contrario de albergar los mismos propósitos que íntimamente se asumen como propios. La acusación del termino populismo como arma arrojadiza, sólo puede nacer desde quien lo practica en origen; desde el tradicional marco de poder que ve peligrar su status por vez primera.

El ciudadano del que nos habla Ortega en su rebelión de las masas, [el especialista u hombre de una dimensión profesional] bien podría integrar hoy las sociedades damnificadas por esta revolución enmascarada de las minorías. Y sin embargo Erasmo pondría a estas élites sobre aviso: “la verdad posee cierta genuina virtud de agradar” advierte el sabio. Ciertamente, la verdad tiene algo de irresistible; acaba siempre emergiendo, atrae sin remisión. Es la erótica de la materia. El próximo domingo España da respuesta a las recetas neoliberales con las elecciones de mayor carga erótica de su historia reciente.