23 de diciembre de 2015

La civilización de la política

En su obra La República, Platón divide a la sociedad en tres estratos: trabajadores, guerreros y gobernantes. Sabido es que el pensador griego escoge a los filósofos como los mejores gobernantes posibles. El fundador de la Academia piensa en la corrupción como principal enemiga del bien común; en un cierto egoísmo antropológico inevitable que es preciso evitar a toda costa.

Para Platón, si la pasión de los gobernantes de una sociedad es académica o filosófica, si su educación concluye en una pasión por el estudio, si su egoísmo y sus prioridades no descansan sino en ser amantes del saber, es evidente que la administración de dicha república va a descansar en las mejores manos. Si por el contrario, las pasiones (igual de legítimas) de los representantes sociales ambicionan metas mas prosaicas, es muy probable que la administración de esa república quede condenada a la malversación. 

¿Dónde reside el secreto de la felicidad de nuestros gobernantes? Decía Coco Chanel que hay gente que paga más por lo que no es necesario que por lo que necesita. Es evidente que esta búsqueda libre e instintiva de la felicidad varía en función de la particular educación de cada individuo. Hace unos días Yanis Varoufakis contestaba a la incomprensible pregunta planteada por The New York Times a sus lectores: “¿Son gratis las mejores cosas de la vida?”. Varoufakis dejaba caer otra reflexión: ¿Cuáles son las prioridades de la clase política tradicional?, ¿realmente está entre ellas la felicidad de sus gobernados?

"¿Son gratis las mejores cosas de la vida?"
  Yanis Varoufakis

Lo mejor de la vida, la felicidad, sólo puede ser un subproducto de algo que es auténticamente bueno (a saber, una buena acción, una noche de sueño reparador, el amor) y está ausente de cualquier mercado. Las cosas que vienen en segundo lugar como mejores, hacia las que nos volvemos por impotencia o desesperación, son caras porque ningún precio puede aproximarse al valor de las mejores cosas.

Tratar de substituir la auténtica felicidad con algún objeto o servicio adquiridos es el  equivalente de substituir el sopor provocado por una píldora para dormir con una noche de sueño reparador. En el siglo XIX, algunas revistas norteamericanas publicaban esta definición: “La felicidad es como una mariposa, que siempre parece más allá de nuestra alcance cuando se la persigue; pero que, cuando nos sentamos tranquilamente, puede posarse sobre nosotros”. ¡Abandonar esta búsqueda materialista no cuesta nada en absoluto!

Si se condena la búsqueda de la felicidad como contraproducente, ¿cuál debería ser nuestra guía? El optimista que hay dentro de mí cree que hay algo innato en los seres humanos que, como el mecanismo que da pie a que los girasoles sigan al sol a lo largo del cielo, puede ayudar a desatar nuestro lado creativo. Porque sí. Con la felicidad como subproducto no buscado, la mariposa que se nos posa suavemente en el hombro.

Ay, las sirenas del diario esfuerzo pueden distraernos y convertirnos en consumidores a los que les gusta lo que compran, compran lo que creen que les gusta y acaban aburridos e insatisfechos, permanentemente incapaces a la hora de concretar la naturaleza de su descontento y confirmación viviente de lo razonado por Mark Twain acerca de la “multiplicación sin límite de innecesarias necesidades”.

Por otro lado, Dorothy Parker dijo que deberíamos “cuidarnos de los lujos y las necesidades se cuidarán por si solas”. Por supuesto, las necesidades se cuidan de sí mismas sólo para aquella gente que pertenece al minúsculo segmento de la sociedad en el que se reproduce el privilegio. 

Una sociedad civilizada le proporciona a todo el mundo condiciones que otorguen libertad vigorosa y creativamente para buscar sus propias metas. Pero para que esto suceda, cada uno ha de tener libertad frente al miedo, el hambre y la explotación, así como disponer, de acuerdo con Virginia Woolf, de “una habitación propia”.

Fuente: Sin Permiso