23 de febrero de 2016

400 años después

Se conmemora este año el cuarto centenario de la muerte de dos autores universales: Miguel de Cervantes y William Shakespeare. El pasado 5 de enero, David Cameron –primer ministro británico– difundía al mundo un artículo titulado “Shakespeare lives”. El titular presidencial condensaba las múltiples iniciativas de un Reino Unido volcado en cuerpo y alma a conmemorar el fallecimiento del bardo inglés. Opera, danza, cine, televisión, debates, exposiciones, ciclos escolares, grandes murales…

El argumentario político de Cameron, moderadísimo y liberal, siempre ha discurrido por la necesaria escala de grises que requiere la erosión de la razón contemporánea. En palabras de Fausto a su criado en la inmortal obra de Goethe: “si la elocuencia no es hija del corazón, jamás influirás en el ánimo de los demás hombres”. No osaríamos aquí calibrar, desde el desconocimiento, el mayor o menor talento del premier británico, pero sí podemos certificar con precisión quirúrgica qué ocurría ese mismo 5 de enero, a 1700 kms de Downing Street; en el palacio de la Moncloa: encima de la mesa presidencial, una “agenda bastante libre” y el diario Marca desvelando alguna exclusiva deportiva.

Las instituciones británicas tutelan el 400 aniversario de su universal autor. Intramuros, no celebramos Shakespeare. Acaso Cervantes. El pasado año una comisión afirmó haber localizado sus restos mortales. Pasadas 48 horas añadieron que no se podía garantizar al 100% que se tratase del escritor. Ni siquiera el único retrato que ha trascendido históricamente es verdadero.