4 de abril de 2016

Batman contra Superman

De pequeños crecimos viendo cómo Lex Luthor soñaba con apoderarse de California. La codicia del malhechor representaba el primer asalto en toda regla hacia un nuevo orden mundial. Frente a él, Superman: el bien triunfaba en su lucha contra el mal. A un nivel más doméstico y apañado, Batman o Spiderman nunca dejaron de enfrentarse a perfiles reprobables; condenables moralmente. Antes que todos ellos, el Zorro o Robin Hood defendieron al pueblo de los abusos y arbitrariedades de sus gobernantes.

Nuestros poderosos enmascarados siempre se caracterizaron por ser abanderados de un cierto sentido universal de la justicia. De igual modo, a lo largo de la historia, toda sociedad y toda época albergó sus superhéroes; reconoció sus mitos, paganos o religiosos. Los nuestros abarcan desde Hesíodo u Homero hasta Ovidio o Apuleyo. Todos ellos dejaron deliciosas lecturas pero aquellas leyendas, al igual que los fundamentos judeocristianos o la posterior emancipación civil de los códigos legales, tenían también una función concreta, una razón de ser: aleccionar a la población, ofrecer conductas paradigmáticas (ethos). En otras palabras, las moralejas éticas contribuían a educar a unas sociedades sin ilustrar, a establecer sus líneas rojas de convivencia, sus costumbres y valores.

"Batman contra Superman" es la nueva entrega que nos depara nuestra factoría educativa. Los buenos luchan entre sí; discrepan en sus categorías morales. Hasta ahora teníamos un bien y un mal. Sabíamos, por ejemplo, que el mal residía en la codicia que implica la necesaria erosión de la armonía social. Ahora los mitos difieren en su particular interpretación de la realidad; acaso se enfrentan por ver realizadas sus propias aspiraciones. Una vez el bien se convierte en un criterio personal o subjetivo, cualquier referente es sólo un pretexto que hace compatible el ideal y el egoísmo. Urge inculcarnos una nueva educación que nos ahorre las preguntas. Basta con sospechar de qué lado estamos.