15 de abril de 2016

La ley de Aznar

José María Aznar transitó hacia la democracia no sin antes recelar por escrito de la Constitución de 1978. Alcanzada la presidencia del gobierno (1996-2004) definió su carrera política con su apoyo incondicional a la guerra ilegal que EEUU premeditó contra Irak. El dictador iraquí Sadam Husein no sólo carecía de armas de destrucción masiva; paradojicamente, el régimen laico del déspota era el mayor enemigo de los integristas religiosos a los que EEUU entregó el poder. Pero la naturaleza política de Aznar acaso puede sintetizarse en el celebérrimo paseíllo del Escorial con motivo de la boda de su hija en 2002. Repasar hoy la lista de invitados eriza la piel.

Recientemente se informaba de irregularidades en el Ayuntamiento de Madrid en materia de vivienda durante la anterior legislatura: “Ana Botella vendió 3.000 pisos públicos a un fondo buitre de forma ilegal durante los años 2012 y 2013” destapaba la Cadena Ser según informe preliminar de la Cámara de Cuentas. Fondos como los participados por Aznar Jr. que el pasado año se hacían acreedores a titulares de prensa como el que sigue: “El fondo buitre de Aznar Jr cobró 39 millones de comisión a Bankia por gestionar sus activos tóxicos". Emergen ahora presuntas irregularidades fiscales de un Aznar, que no sólo cobra de Rupert Murdoch o de sus legítimas actividades privadas, sino también del erario público en su calidad de expresidente.

Quién sabe si en la aspereza del expresidente habita una cierta afección por el peso de la posteridad; por la memoria de una carrera política. "Dichoso aquel que muere sin esclarecer el límite de su grandeza" dijo Azaña en una ocasión. Por desgracia para Aznar, el límite de la suya parece haber quedado definido hace tiempo.

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