24 de mayo de 2016

Cuatro citas sobre la comprensión penínsular

“Cuando Carlos V, antes de salir de España en mayo de 1520, declaró en las Cortes de La Coruña que pensaba hacer de Castilla la base del imperio, no lo hizo por halagar a los castellanos, sino porque sólo Castilla era capaz de proporcionarle los medios necesarios para aplicar su política. De sobra lo sabían los comuneros, y por eso se negaron a que su país fuera el abastecedor de tropas y recursos fiscales. Su derrota dejó las manos libres a los reyes. Durante el reinado de Felipe II se reforzó esta función rectora de Castilla, siempre por las mismas razones: Castilla seguía encabezando la monarquía en desarrollo económico y población” señala el premio Príncipe de Asturias, Joseph Pérez en su Historia de España.

“Castilla fue, entre las naciones de España, la primera que perdió sus libertades; las perdió en Villalar, bajo el primer rey de la casa Austria. Esclava, sirvió de instrumento para destruir las de los otros pueblos: acabó con las de Aragón y las de Cataluña bajo el primero de los Borbones” indica en Las Nacionalidades Francisco Pi y Margall, presidente en 1873 de la Primera República española.

En La Época del Liberalismo, Josep Fontana alude a la evolución de esta comprensión peninsular durante el XIX. “Para la teoría política dominante en España hasta 1873 la nación era simplemente una estructura unitaria organizada desde arriba e impuesta por la ley, que no debía argumentarse ni discutirse. Estaba claro, sin embargo, que construir una nación debía significar algo más que centralización administrativa y orden público. Lo entendía así Antonio Alcalá Galiano cuando, en (…) 1835 dijo: “Uno de los objetos principales que nos debemos proponer nosotros es hacer a la nación española una nación, que no lo es ni lo ha sido hasta ahora” ¿Qué significaba para él “hacer una nación”? Lo aclaraban las palabras que añadió a continuación: “Una de las ventajas que gozan los gobiernos representativos es la proporción que tienen de hermanar los intereses, reuniéndolos en un solo centro”.

“El último Estado peninsular procedente de la antigua monarquía católica que sucumbió al peso de la corona despótica y absolutista fue Cataluña; y el defensor de las libertades catalanas pudo decir, con razón, que él fue el último defensor de las libertades españolas” decía Manuel Azaña al evocar la rebelión comunera castellana durante la Segunda República: “O bien se admira en ella el último destello de un conflicto político medieval, o bien se advierte en ella, y se admira más, la primera percepción de un concepto de las libertades del Estado moderno, que nosotros hemos venido ahora a realizar”.