20 de junio de 2016

El Jardín de las Delicias

A la muerte de Carlos V, Flandes, el Milanesado, Castilla, Aragón y las Indias, (más allá de la regencia inglesa en calidad de esposo de la Tudor) conforman la principal herencia de su hijo Felipe II. En Bruselas el emperador era un soberano propio llamado a un importante papel en la historia, pero su hijo es ya un Habsburgo español que ha heredado un próspero y diverso conjunto de territorios. Entre ellos, los Países Bajos. Felipe es ya un rey extranjero para los flamencos. Sólo ocho años después estalla la rebelión. El duque de Alba terminaría marchando sobre Flandes. Se iniciaba el terror indiscriminado contra la nobleza autóctona y una sociedad pluriconfesional, que lejos de lo que se pensaba en la península, ya no podía morir.

De joven, Felipe había tenido oportunidad de imbuirse de la cultura flamenca. Ahora se había hecho traer al Escorial sus cuadros más preciados. Admirador de El Bosco, le gustaba contemplar El Jardín de las Delicias. Se preguntaba si una creación semejante no debía ser considerada una herejía. Inmerso en el tríptico miraba al pasado, buscaba una respuesta imposible a la crisis; acaso un nuevo matiz que le ayudase a interpretar el pensamiento del autor; quién sabe si a la sociedad flamenca. El rey fallecería en 1598 mientras las hostilidades neerlandesas aún iban a prolongarse en el tiempo.