3 de junio de 2016

Kim Kardashian

Hubo un tiempo donde todos los saraos estaban sazonados por Victoria Beckham. Las fiestukis no eran nada sin la ex Spice. Con Vicky, era llegar al photocall, poner morritos y el tinglado de cualquier piernas se convertía en el centro gravitacional de toda la jetsé comme il faut. A lo tonto, la Beckham se pasó una década marcando la agenda VIP.

Viendo a la chica de David, la Kardashian debió decirse: “Ésta me dura a mí lo que las olivas del Martini”. Dicho y hecho. Lo de Kim es otra cosa. Una todo terreno. Lo mismo la arma en la playa que te la encuentras arreglando la gotera de su casa de campo, o te nivela la presión de los neumáticos en la gasolinera del centro comercial. Kim es la geyperwoman total. Siempre hay un hueco para ella en la maquetación. Vestida para romper o con un peto campestre a lo Mario Bros, lo mismo le da que le da lo mismo. Una crack que se ríe del mundo a precio de oro. 

Y ahora va la tía y dice que no sabe qué hacer con su superculo. “Quiero reducir mi trasero” suelta como si nada. Por un instante el tiempo se detiene. Acto seguido asoma la taimada estrategia: "Si no lo consigo, seguiré comiendo donuts". Ahí te has pasado Kim; no todo vale para hacer caja. Podemos vivir indignados, abochornados, gobernados por delincuentes, pero alarmarnos así, con privarnos este verano de tan marmóreas nalgas, es arrojarnos a un vacío existencial que no nos merecemos.