14 de julio de 2016

Las carencias de una verdad imperial

No con su dinero, sino con el de Castilla, la casa Habsburgo había financiado la recuperación del título de Rey de Romanos (emperador por la gracia de Dios con la bendición del Vaticano). En lo referente a sus reinos peninsulares, Carlos V explicitaría su estrategia al plantear su boda con Isabel de Portugal: “si este matrimonio se llevase a cabo, yo podría dejar el gobierno aquí en manos de dicha infanta”. En efecto, el flamenco dedicaría toda su vida a marchar sobre sus territorios. Su hijo Felipe, sin embargo, ni siquiera aprendería idiomas de niño. Geoffrey Parker ilustra cómo uno de los hombres de confianza del emperador, Juan de Zúñiga, le escribiría inquieto viendo cómo el joven príncipe, se pasaba las mañanas rezando en manos de la clerigalla: "Aprende muy bien después de la escuela".

Erasmo apelaba a la regeneración católica en 1511; Lutero clavaba sus tesis en 1517; el papa excomulgaba a Enrique VIII en 1533. El continente ya se había precipitado a un nuevo tiempo ajeno a la realidad imperial. En 1552 Carlos escribía a su hijo respecto a los asuntos alemanes "de cuya pacificación depende buena parte del éxito de nuestros negocios". El emperador no tendría más remedio que ceder frente a los príncipes reformistas permitiendo una diversidad confesional que terminaba por quebrar la uniformidad política del sacro imperio. 

También para Felipe II, el catolicismo iba a suponer el lazo con el que asir su patrimonio; el legado imperial. Combatir la herejía reformista se convertiría así en la justificación de la monarquía española; en su razón de ser. Si los grandes pueblos europeos comenzaban a edificar sus procesos de construcción nacional frente al viejo sacro imperio, la monarquía española, heredera de aquellos gobiernos, sólo cobraría sentido combatiéndolos. En cierto modo, Felipe II es un hombre preso de las circunstancias, sobrepasado por la historia; arrojado en definitiva a la defensa de una empresa dinástica imposible: su indecisión, sus dudas, su permanente temor a mover pieza y finalmente, la represión como último recurso. 

Lo dramático de la embrionaria comprensión peninsular es que en el momento en que los distintos pueblos de Europa se abren a su reforma, a su libertad religiosa y constitucional, a una separación Iglesia-Estado que necesariamente ha de acompañarse de un proceso laico constituyente; cuando todos ellos se emancipan de la tutela imperial católica en aras a su particular proyecto de afirmación nacional, quien se enfrenta a todo este proceso emancipador no es otro que su administrador; el albacea imperial; una monarquía heredera de un próspero y diverso conjunto de territorios, temerosa de perder su patrimonio. 

Tres siglos después, España, huérfana de renacimiento alguno, de reforma religiosa, de revolución burguesa y fraterna entre sus pueblos, sufría la pérdida de sus últimas colonias; era el momento de verdad de una realidad siempre consumada como imperio, nunca como nación. De la noche a la mañana, aquella pretendida entelequia metafísica donde no se ponía el sol, se recorría en pocas horas circunscrita a las viejas contiendas peninsulares.